Una mancha en el Boca-River

Buenos Aires (PL).- Hace algún tiempo y en este mismo espacio contamos en detalles el problema de la violencia en el fútbol argentino, una realidad palpable que nos obliga nuevamente a volver sobre el tema.
La violencia golpeó a la fiesta máxima del balompié nacional: el clásico Boca-River, que debió suspenderse sin iniciar el segundo tiempo.
Fue a raíz de la cobarde agresión sufrida por los futbolistas de River, a quienes se les arrojó gas pimienta por parte de un miembro de la barra brava de Boca
Es una mueca grotesca para el fútbol argentino y en este tipo de situaciones, no pueden esquivarse responsabilidades ni analizar el problema con la camiseta puesta, según la vereda en la que se está parado.
En primer lugar la responsabilidad del club local, Boca Juniors. Ya desde antes del partido se instaló el rumor que el juego no iba a terminar si el clasificado no era Boca.
Los simpatizantes locales podían generar tal caos que el desafío debiera ser suspendido, si Boca quedara eliminado.
Cabe aclarar que la vida interna de Boca está convulsionada en particular porque es un año eleccionario y hay una ardua disputa interna por la presidencia del club.
Al mismo tiempo la Barra Brava de Boca también tiene su disputa interna, pero en este caso es por los beneficios económicos que reciben de la reventa de tickets y los “cuida-autos” en las cercanías del estadio.
No se ha establecido aún si alguna de estas disputas guarda relación directa con el hecho, o si se trató de la actitud demencial de alguien que actuó de manera individual, con el solo fin de agredir al adversario. En este sentido ya se dió un paso importante y el agresor fue identificado como Adrián Napolitano, miembro de una facción de la barra de Boca.
No cabe duda que la responsabilidad (por error u omisión) de los dirigentes de Boca no puede pasar inadvertida.
En primer lugar por no prevenir sobre algo que se especulaba que podía pasar.
En segundo lugar y en el caso de probarse que este tema es un coletazo de la interna de la Barra, (en forma de represalia) también habría responsabilidad de los dirigentes, ante una puja violenta que evidentemente se les fue de las manos.
También hay que marcar la responsabilidad de la seguridad privada, porque la zona estuvo completamente liberada y no se detuvo a nadie a la salida de la tribuna.
La Confederación Sudamericana de Fútbol, tampoco estuvo a la altura, demorando en más de una hora la decisión de suspender el partido e intentando por todos los medios continuarlo pese al estado de los jugadores de River.
Actitud que luego se vio reflejada en la sanción que se aplicó, que tiene alcance más económico que disciplinario o deportivo.
Volviendo al eje del problema, el principal error es entender la violencia en el fútbol como un mal de la sociedad argentina.
Los hechos de este tipo que vive el fútbol en la Argentina, no se repiten en ningún otro deporte en el país.
El automovilismo mueve multitudes cada fin de semana a lo largo del territorio argentino y sin embargo nunca se conocen incidentes. Lo mismo pasa con el básquet o el boxeo, donde asisten miles de espectadores y no hay actos de violencia.
Los asistentes a estos espectáculos deportivos también son parte de la sociedad argentina.
Si fuera completamente un problema de la sociedad, en cada deporte habría incidentes, porque “esa sociedad perdida” iría generando caos en cada espacio en el que se manifestara.
Decir que es un problema de la sociedad es eludir la responsabilidad que tienen los dirigentes del fútbol.
Este problema se originó, creció y explotó en el fútbol y desde ahí fue contaminando distintos estamentos a nivel sociopolítico.
Y ahora es muy difícil desterrarlos, dado el grado de vinculación que tienen.

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