La Tierra grita y México se tapa los oídos

Por Guillermo Robles Ramírez
Fíjese usted, cada 22 de abril vuelve lo mismo. Se habla del Día de la Tierra, del Día Internacional de la Madre Tierra, como le quieran llamar. Y uno se pregunta, la neta, si de verdad estamos escuchando.

Porque la Tierra no pide permiso para recordarnos que está viva, que respira, que duele. Millones de especies desde el jaguar que apenas sobrevive en la selva chiapaneca hasta la vaquita marina que se ahoga en el Alto Golfo, comparten con nosotros este planeta azul. Bosques, ríos, océanos, montañas… todo eso que damos por sentado.

Y cada año, en vez de protegerlo, parece que lo apostamos en una ruleta donde el premio es más contaminación. Piensen nomás. Mientras el mundo entero, o al menos los que mandan de verdad, firmaban acuerdos para bajar emisiones, México le dio la vuelta al tablero.

La Unión Europea sigue firme en su meta de neutralidad climática para el 2050. China, con todo su peso, refrenda el 2060. Hasta Estados Unidos, que había recortado fuerte la mitad de las emisiones de metano del ganado, quema de petróleo y gas, tenía la mira puesta en el 2050.

Pero mire usted lo que pasa ahora, con los cambios de los últimos años, esas promesas se aflojaron, las emisiones subieron un poco en el 2025 y el rumbo se volvió más lento. La neta es que el planeta es una sola casa.

Recursos que no se renuevan, otros que apenas aguantan. Y el consumismo nos lleva a querer más, siempre más, como si la Tierra fuera una tienda que nunca cierra.

Aquí en México, sabe qué le digo, apostamos a lo contrario. Economía primero, medio ambiente… pues allá veremos. La convicción de que el dinero no espera, que los empleos de Pemex valen más que un bosque que se quema. Y mire, yo que he cubierto esto desde los ochenta, recuerdo cuando en Torreón o en Saltillo veíamos cómo el río Nazas se secaba poco a poco. No era noticia de primera plana. Era solo “la sequía de siempre”.

Ahora, con el calentamiento global, esas sequías ya no son de siempre. Son más largas, más brutales. Hielos que se derriten allá arriba, inundaciones aquí abajo donde nunca caía agua. Huracanes que se forman más rápido, olas de calor que dejan el asfalto hirviendo en Monterrey.

La naturaleza no grita en mayúsculas. Susurra primero. Después, cuando no hacemos caso, nos da un manotazo. Y no es solo el clima. La falta de dientes en las instituciones ha soltado la rienda. Antes había secretarías y comisiones que al menos vigilaban.

Ahora, con recortes presupuestales que duelen como Semarnat y las áreas naturales protegidas reciben menos que nunca en años, la gente hace lo que quiere. Pesca ilegal en el Pacífico y el Golfo, especies en peligro que desaparecen de las redes de arrastre. Tiburones, tortugas, hasta caracoles que ya no se ven.

Yo mismo, en una nota vieja de los noventa, hablé con pescadores de Baja California que decían “es que hay que comer, compadre”. Y sí, hay que comer. Pero ¿a qué precio? La economía por encima de todo, repiten. Como si el aire limpio y el agua no fueran también economía. Como si mañana, cuando ya no haya vaquitas ni jaguares, pudiéramos imprimir billetes para comprar oxígeno.

Pensándolo bien… ¿no le pasa a usted que a veces siente que la Madre Naturaleza nos está mandando señales?. El iceberg que se parte, el huracán que arrasa un pueblo que nunca había visto uno así, la sequía que deja sin cosecha al norte de Coahuila. Yo lo he visto en primera fila. Cubrí el huracán Alex en 2010, cuando Monterrey se inundó como nunca. La gente decía “fue la naturaleza”. Pero no, fue la naturaleza cansada de que le tiremos basura y humo.

El consumismo acelerado, los empresarios que quieren crecer sin freno… todo eso está convirtiendo lo renovable en algo que ya no se recupera fácil.

La verdad, yo he visto de todo en cuarenta años de reportero. Desde las cumbres internacionales donde se firman papeles bonitos hasta los pueblos donde la gente sigue quemando leña porque no llega la luz limpia. Y México, fíjese, tenía la oportunidad.

Tenía el sol del desierto, el viento de la costa, el potencial para ser líder en renovables. Pero le apostamos al petróleo otra vez. A los combustibles fósiles que sabemos que se acaban. Y mientras, los países grandes avanzan. No por altruismo puro, no. Porque saben que esta casa es compartida. Si se quema un cuarto, el humo llega a todos. ¿Y sabe qué es lo peor?. Que el Día de la Tierra llega y se va.

Hacemos conciencia un rato, compartimos fotos en redes, y luego seguimos como si nada. Matando especies protegidas, dejando que la pesca ilegal se lleve lo último que queda. Incrementando emisiones porque “la economía no espera”.

Piense un momento, usted que me lee. ¿De verdad queremos dejarles a nuestros hijos un planeta donde el aire sepa a humo y el agua sea lujo? o ¿Vamos a seguir tapándonos los oídos mientras la Tierra grita? La neta es que no soy pesimista. He visto cambios en mi vida. Pero también he visto cómo se pierden oportunidades.

Este 22 de abril pasado, es decir, ayer no fue solo una fecha. Es un recordatorio. La Madre Tierra no pide mucho. Solo que la cuidemos como la casa que es. Porque al final, no hay otro planeta donde mudarnos. Y México, mi México querido, todavía está a tiempo de escuchar. Ojalá lo haga antes de que sea demasiado tarde. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

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