El Legado del Desierto: 113 Años del Plan de Guadalupe
Por Guillermo Robles Ramírez
El 26 de marzo del 2026, allá en la Exhacienda de Guadalupe, en Ramos Arizpe, se respiraba algo especial. No era cualquier acto cívico. Era como si el viento del desierto trajera de nuevo las voces de hace más de un siglo.
El gobernador Manolo Jiménez Salinas presidió la ceremonia del 113 aniversario de la firma del Plan de Guadalupe, y lo hizo con ese tono firme pero cercano que tienen los hombres del norte cuando hablan de lo que realmente importa. “El Plan de Guadalupe nos recuerda cada año a los coahuilenses el compromiso que tenemos con México y la responsabilidad que tenemos de seguir defendiendo nuestra soberanía, nuestra independencia y nuestras instituciones”, dijo el mandatario con la voz clara, rodeado de quienes de verdad representan al estado.
Ahí estaba el general Fernando Colchado Gómez, comandante de la XI Región Militar; la diputada Luz Elena Morales Núñez, presidenta de la Junta de Gobierno del Congreso local; Miguel Mery Ayup, magistrado presidente del Tribunal Superior de Justicia; el alcalde Tomás Gutiérrez Merino, de Ramos Arizpe; el general Juan Carlos Quiroz Muñoz, de la VI Zona Militar; el general Francisco Acuña Díaz, de la Guardia Nacional; Óscar Pimentel González, secretario de Gobierno, y Esther Quintana Salinas, secretaria de Cultura.
Todos juntos, sin aspavientos, pero con una unidad que se siente de verdad. Y fíjese usted qué bonito lo que añadió el gobernador: “Hoy recordamos un momento clave en la historia de México. Desde la Exhacienda de Guadalupe, Venustiano Carranza encabezó la defensa del orden constitucional de México con el Plan de Guadalupe, marcando el rumbo de un país de leyes e instituciones. Ese legado nos inspira a seguir trabajando con firmeza y compromiso por Coahuila y por México”.
Habló también de seguir trabajando parejo, en equipo, para defender la seguridad, el desarrollo, la estabilidad y la calidad de vida. “Vamos con todo hacia adelante con visión, con responsabilidad y con un gran compromiso y amor por Coahuila y por México”, remató. Palabras sencillas, pero que calan porque vienen del corazón de quien conoce estas tierras.
La verdad es que los coahuilenses tenemos razones de sobra para sentirnos orgullosos. Coahuila está llena de tradiciones que se remontan a más de diez mil años, mucho antes de que florecieran las grandes civilizaciones como los olmecas, mayas o aztecas.
Aquí llegaron los primeros pobladores cuando el norte era otro mundo, y esa huella sigue viva en las cuevas, en las artesanías, en las costumbres que se transmiten de generación en generación. No es solo historia de libros; es algo que se respira en las ferias, en las charreadas, en los platillos que saben a tierra y a esfuerzo. Y piense usted un momento: mientras muchas naciones luchan por encontrar sus raíces, nosotros tenemos las nuestras bien plantadas, con testimonios que siguen vivos en museos, en comunidades y en la memoria colectiva.
Pero lo que hace único a Coahuila no es solo el pasado indígena. Es que fuimos testigos y protagonistas de los momentos que forjaron el México moderno. Hace más de cien años, en este mismo lugar desértico, con poca gente y aún menos lujos, en una hacienda de adobe entre Saltillo y Monclova, llegó Venustiano Carranza, entonces gobernador, después del asesinato de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez. Imagínese la escena: un terreno vasto, el sol pegando fuerte, y un grupo de hombres decididos a no aceptar la usurpación. Ahí, en esa finca humilde, Carranza convocó la reunión que dio vida al Plan de Guadalupe.
Ese documento de 1913 no fue cualquier papel. Fue la chispa que restauró el orden constitucional. No reconocían a Victoriano Huerta como presidente. No reconocían los poderes legislativos y judiciales federales que le seguían. No reconocerían a los gobernadores que se plegaran al centro. Nombraron a Carranza como jefe militar supremo del Ejército Constitucionalista, el mismo que después se convertiría en el Ejército Mexicano que hoy conocemos. Y cuando tomaran la Ciudad de México, Carranza o quien estuviera al mando asumiría la presidencia provisional, convocaría elecciones y entregaría el poder al pueblo.
Siete puntos claros, directos, que pusieron por delante la legalidad y la justicia. De ahí salieron las primeras ideas que después moldearían la Constitución que nos rige hasta hoy.
Los coahuilenses podemos jactarnos, y con razón, de haber dejado huella no solo para la entidad, sino para todo el país. Porque aquí nació el Ejército Constitucionalista, y por eso Coahuila tiene esa afinidad tan natural con las fuerzas armadas. No es casualidad. Es historia viva. Y el gobernador lo dijo clarito: “Coahuila es cuna de la Revolución Mexicana”, con dos figuras clave como Madero y Carranza, hombres que soñaban con un país de leyes, instituciones y justicia. “Hoy nuestro estado tiene un lugar privilegiado en la historia y en el contexto nacional, porque aquí se forjó un carácter firme, de unidad y de lucha por la legalidad”.
Cada año, desde aquella firma, los coahuilenses conmemoramos este hecho con el corazón en la mano. Han venido gobernadores siempre, y en algunas ocasiones presidentes de la República. José López Portillo fue el primero en firmar el libro de visitantes distinguidos en 1978, y regresó después. Ernesto Zedillo estuvo en tres ocasiones. Y la última vez que un presidente en turno pisó la exhacienda fue Enrique Peña Nieto en 2013. Desde entonces, los mandatarios federales han mandado representantes, a veces de segundo o tercer nivel. Pero los gobernadores de Coahuila nunca han fallado. Nunca han olvidado. Y aunque la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo se ha distinguido por su sensibilidad, todavía no ha podido estar presente. Los coahuilenses seguimos apostando a que algún año nos honre con su visita, porque al fin y al cabo es presidenta de todos los mexicanos.
Mientras tanto, el 26 de marzo de cada año, en Ramos Arizpe, se reafirma el compromiso. El alcalde Tomás Gutiérrez Merino lo dijo bien: desde aquí nació una causa que cambió el rumbo de México, defendiendo la legalidad y el orden constitucional. Y el gobernador lo remató: “Coahuila es hoy uno de los mejores lugares de México para vivir con nuestras familias”, gracias a esa coordinación, a la seguridad y al desarrollo que se construye día con día.
Pensándolo bien, considero, el Plan de Guadalupe no es solo un documento viejo guardado en un museo. Es un recordatorio vivo de que los mexicanos sí tenemos una historia de nacimiento, de lucha y de transición. Es la prueba de que desde el desierto más árido pueden surgir las ideas más firmes. Y nosotros, los del norte, y más específicamente los coahuilenses, lo sentimos en la piel. Porque aquí, entre el polvo y el sol, se forjó un México mejor. Un México con justicia. Un México con equidad.
Por eso, cada vez que pasa por la Exhacienda de Guadalupe, uno no puede evitar detenerse un rato. Sentir el adobe caliente, mirar hacia donde Carranza firmó, y pensar: aquí empezó algo grande. Aquí, en Coahuila, seguimos apostando por lo mismo: unidad, legalidad y amor por esta tierra. Y mientras haya coahuilenses dispuestos a recordarlo, el legado no se apagará. Al contrario. Seguirá ardiendo, como el sol del norte, iluminando el camino para las nuevas generaciones. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org
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