Y la family: ¿dónde quedó?
Por Guillermo Robles Ramírez
Imaginemos la escena en donde usted, con sus hijos pequeños; quizá de la mano o sentados uno al lado del otro, acomodados cómodamente en una de esas modernas salas de cine que ahora llaman “VIP”.
Esas butacas reclinables, con espacio extra, servicio a la mesa y un ambiente que se promociona como ideal para familias, sobre todo cuando la cartelera trae una película animada o alguna cinta pensada para niños.
Todo parece perfecto al principio. Las luces se atenúan, la pantalla se ilumina, los pequeños están emocionados con los colores y las canciones. Pero entonces, justo cuando la función arranca, el mesero se acerca discretamente a los asientos de al lado o a unos cuantos metros. Empieza a servir bebidas como una cerveza bien helada, un whisky on the rocks, un cuba libre, un vodka tonic, un mojito fresco, un tequila con su sangrita y limón, o alguna coctelería elaborada.
El aroma del alcohol se mezcla con el de las palomitas y el murmullo de la sala. De repente, lo que se suponía un espacio familiar se transforma en algo distinto. No encaja, ¿verdad?, choca frontalmente con esa idea que durante años han promovido diversas autoridades de fortalecer la familia, inculcar valores morales desde la infancia, proteger a los menores de influencias negativas.
Aunque sea legal, porque algún permiso municipal o estatal lo autoriza, la contradicción salta a la vista. Las mismas instituciones que lanzan campañas contra el consumo temprano de alcohol, que exhortan a los padres a dar ejemplo, permiten, o al menos no impiden, que en un cine se venda y se consuma alcohol mientras los niños ven caricaturas.
Y no es algo aislado. En las cadenas principales como esas cadenas cinematograficas nacionales o internacioneles, por ejemplo, el menú incluye desde cervezas artesanales y comerciales hasta cócteles, mezcaladas, margaritas, mojitos, tragos de tequila premium, whisky, vodka, ginebra e incluso vinos por copa o botella.
Todo servido directamente al asiento, con la advertencia impresa en los menús de que está prohibida la venta y consumo a menores de edad. Pero en la práctica, ¿cómo se vigila eso en una sala oscura, con decenas de personas y sin personal dedicado exclusivamente a checar identificaciones cada vez que alguien pide otra ronda?
Para quienes tenemos una visión más conservadora de las cosas, y no somos pocos, el alcohol simplemente no rima con la presencia de niños en lo que tradicionalmente ha sido un espacio familiar.
Antes, ir al cine era sinónimo de palomitas, refresco y un rato inocente. Hoy, en las salas VIP, el lujo incluye la posibilidad de que los adultos beban mientras ven la película, y eso cambia el ambiente.
He escuchado anécdotas de familias que salen molestos porque, después de unas cuantas cervezas, alguien cercano empieza a hablar alto, a soltar groserías por el retraso en el servicio o a discutir con el compañero de asiento.
“¡Ya tráiganse las chelas, qué onda!”, se oye en voz alta, y los niños, que deberían estar absortos en la pantalla, terminan distraídos o incómodos.
¿Será que los tiempos cambiaron? o, ¿será, más bien, que el dinero siempre termina pesando más?. Porque las autoridades locales es decir, municipios, sobre todo, otorgan estos permisos argumentando que se trata de “establecimientos con servicio de restaurante”.
Y sí, venden comida; hamburguesas gourmet, boneless, nachos, hot dogs, crepas, baguis, papas, hasta algunos platillos más elaborados. Pero nadie va a pedir un mole poblano, chiles rellenos, un cordon bleu o un puchero tradicional mientras ve una película.
Es snack caro, no comida casera. Entonces surge la duda lógica; si el argumento es que hay “servicio de alimentos”, ¿por qué no permiten lo mismo en las fondas de mercado, las misceláneas de barrio que venden tortas y lonches, o los minisúpers que ofrecen sándwiches? Ahí venden cerveza, pero sellada, para llevar; no se consume adentro.
En los cines VIP, en cambio, todo se ingiere en el lugar, y sin mayor supervisión. Muchos cinéfilos coinciden, no hay una justificación sólida más allá del ingreso extra que genera. El alcohol sube el ticket promedio por persona, y las salas VIP ya son caras de por sí.
Mientras tanto, la supervisión brilla por su ausencia. En las salas convencionales todavía hay taquilleros y personal de limpieza; en las VIP, el enfoque está en el servicio a la butaca, no en la vigilancia. No hay acomodadores con linterna guiando al asiento como en los viejos tiempos, ni operadores de proyector ahora todo es digital y automático.
¿Quién va a andar pidiendo INE cada vez que alguien de aspecto juvenil pide una cerveza o un coctel? La ley federal es clara, la edad mínima para comprar y consumir alcohol en México es 18 años, y está prohibida la venta a menores en cualquier establecimiento, con sanciones fuertes si se incumple.
Pero en la oscuridad de una sala, con el ruido de la película de fondo, ¿realmente se cumple?. Al final, el riesgo está ahí, esos cines con área VIP se pueden convertir, sin querer o queriendo, en un refugio fácil para que adolescentes se alcoholicen sin que nadie les pregunte nada.
Los padres que llevan a sus hijos pequeños a ver una película familiar terminan expuestos a un entorno que no esperaban. Y mientras las autoridades prometen “fortalecer valores” y “proteger a la niñez”, en la práctica dejan que el “don dinero” dicte las reglas. Porque, como dice el refrán hidalguense que tanto se oye en estos días de cambio de gobierno: “chin chin, el que deje algo”.
Quizá sea hora de preguntarnos si el “lujo” de beber en el cine realmente vale la pena cuando hay niños alrededor. Al menos por el contrario, deberíamos exigir más coherencia, o se prohíbe el alcohol en salas donde se proyectan películas infantiles, o al menos se obliga a una supervisión estricta de edad.
Porque al final, lo que está en juego no es solo una chela o un mojito; es el ambiente que dejamos a los más pequeños, el ejemplo que damos y los valores que, supuestamente, queremos transmitirles. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org
Deja un comentario