Vivir con miedo

Por Claudio Adrián Montaño Mier

“Nada en esta vida debe asustarnos, sólo debe ser comprendido. Es tiempo de entender más, para que temamos menos”.

-Marie Curie

Durante la infancia, es común que los padres le llamen la atención a los hijos por considerar que corren un riesgo al correr, jugar, comer y hasta dormir. Durante esta etapa, un niño hará cualquier cosa que represente explorar nuevas experiencias, brincar, meter un tenedor al contacto, desarmar una aparato electrónico para ver cómo funciona, pintar las paredes. Mientras todo esto sucede, los adultos corren tras de ellos en un afán de evitar que el pequeño caiga en una situación peligrosa, que se lastime o algo por.

Todos los niños viven experiencias que los obligan a aprender, a adaptarse al entorno, saben que meter un alambre en el contacto les puede generar una sensación desagradable y, seguros de no volver a vivir la experiencia no se volverán a arriesgar. Sin embargo, los adultos con una reacción desmedida, les sembramos el peor de los frenos al crecimiento y desarrollo: el miedo.

En principio el miedo es un resorte que el instinto de conservación motiva con el fin de preservar el bienestar, es como tener un freno de mano para una situación de emergencia. Y, ¿qué sucedería si el freno de mano estuviera activado durante todo el trayecto de un viaje? El vehículo consumirá más gasolina, viajaremos más lento y llegaría el momento en que el sistema de freno colapsaría y se podría provocar un accidente.

Lo mismo sucede cuando el miedo rige nuestras vidas, en lugar de aprender a ser racionales y a medir las consecuencias, enseñamos a los niños, y a la sociedad, a vivir bajo el imperio del miedo; lo más triste es, cuando bajo la sombra de este imperio, también vive el sistema educativo de nuestro país.

Ya sea por el temor a ser mal visto por las autoridades, a las consecuencias sociales o simplemente por miedo a lo desconocido, todos los actores del sistema educativo hemos dejado de experimentar. Disfrazamos la información, omitimos detalles, mentimos con la finalidad de mantener nuestro status quo, perdemos esa maravillosa cualidad de los niños, la de aprender a cada momento. Se comprende en el presidente, en un gobernador o en un secretario de educación la necesidad de tener a sus electores contentos y hasta la indiferencia ante la problemática que existe en las aulas, porque esta problemática solo la conoce el maestro.

En estos días de aprendizaje en casa, tenemos una oportunidad como maestros de presentarle a la sociedad una nueva cara, nuestra faceta de la verdadera columna vertebral de nuestra nación. Después del hogar, el lugar más importante para el desarrollo de un país es la escuela, un punto geográfico donde comulgan maestros y estudiantes en un proyecto único y personal que es el futuro de cada uno de ellos y de todo México. Como profesores es importante luchar contra el miedo, el miedo a practicar nuevas estrategias, a vernos más humanos, a abrirnos frente a los alumnos, a reconocer nuestras oportunidades de crecimiento.

Enseñemos a los niños, niñas y adolescentes a vivir sin miedo, a aprender, porque cultivamos su curiosidad natural e insaciable, porque más allá de nuestro salario que aún no representa una justa remuneración a todo el trabajo que el docente realiza, nos mueve una responsabilidad social y la satisfacción del deber cumplido. Nuestra recompensa está en la sonrisa, en el agradecimiento y reconocimiento mudo de una sociedad que aun no aprende a tener voz.

“Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”.

-Alvin Toffler

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