Veneno Puro: Temor, el Síntoma

  • Temor, el Síntoma
  • Sudamérica Caótica
    Por Rafael Loret de Mola

Entre muchos mexicanos, pensemos que no la mayoría para no sentirnos tan mal, existe un atávico temor a remover al presidente o a que su relevo resulte “peor a la enfermedad”. Los priistas en el Legislativo aducen que los resultados han sido como reventar al país destinándolo a un fin incierto como inseguro en medio del caos social y económico; otros repiten la sentencia, atribuida a Franklin D. Roosevelt, acerca de que el jinete no debe bajarse a mitad de la jornada; pero ello es posible cuando se tienen firmes las riendas y no se ha sufrido un colapso durante la carrera.

Un finiquito final del presidente apenas reflejaría, con perdones incluidos, el drama de los años recientes con el sello de los genocidios, la pandemia, la caída de la economía y la mayor corrupción de nuestra historia reciente con buena parte de intervención de los narcos. Nada hay que pueda justificar la burla de los cambios en el gabinete de personajes poco activos con otros de dudoso comportamiento o los trueques de funciones cual si se tratase de una de esas tómbolas colegiales con las madres de los escolapios rifando cuanto se les ocurre por causas poco claras.

Desde luego, la clase política hace lo imposible por evitar que la ciudadanía no pensante tome conciencia de cuanto sucede cerca de México o en el mismo continente mirando hacia el sur e incluso a las potencias del norte: las acciones judiciales contra los mandatarios predadores son, siempre, plataformas para nuevos despegues gracias a la limpieza que entrañan de los espacios contaminados y a la fortaleza institucional para cambiar de liderazgo sin prejuicio para el gobierno; al contrario: insisto en las bondades de los efectos.

Por ejemplo, en 1974, la estrepitosa caída de Richard M. Nixon, tras el escándalo de espionaje conocido como “Watergate” –el nombre del edificio en donde despachaban los demócratas rivales-, aunque lo que le asfixió fue la evasión tributaria y las grabaciones insolentes que él creyó exclusivas para uso del propio mandatario, no devino siquiera en una crisis que hubiese posibilitado el avance de la potencia soviética, en esos tiempos, aun cuando no se explicará ésta cómo podría perder el poder un mandatario tan poderoso por un incidente digamos tan de poca monta comparándolo con las atrocidades de otros a lo largo y ancho del planeta. Pero no pasó nada: llegó Gerald Ford, sin haber sido electo siquiera como vicepresidente, a la oficina oval, colocó sus piernas sobre el escritorio de la misma y siguió con el juego previsto.

Casos similares se han dado en Argentina, Perú, Venezuela, Chile, Colombia, Guatemala y de nuevo Brasil y otras naciones sudamericanas sin que los procesos contra presidentes o ex mandatarios, escandalosos eso sí, asfixien el tejido político de sus naciones. Al contrario, en no pocos casos han determinado el fin de las dictaduras disfrazadas sin agobio de las instituciones ni persecuciones posteriores. En cada caso, la opinión general, dentro y fuera de cada país, ha sido por demás favorable y las consecuencias también sin catástrofes ni terremotos sociales.

La cárcel debe esperar a alguno de los mandatarios que ustedes y yo tenemos en la cabeza. ¿Y al actual? Por supuesto que sí.

POR LAS ALCOBAS

En ausencia de un bloque latinoamericano, lo suficientemente fuerte, política y económicamente, para ser contrapeso a las potencias del norte para las cuales “América” comienza en Alaska y termina en la Isla de Pascua o en la Tierra de Fuego, las rencillas no terminan al sur de nuestras fronteras. Guatemala se sacude por su gobierno rapaz y entre Venezuela y Colombia se agitan los tambores de guerra como tantas otras veces cuando se han encandilado los juicios contra Cristinita Kirchner, en Argentina, y Dilma Rousseff y Lula da Silva, en Brasil. Y no se diga Nicaragua, donde la pila de muertes cuentan por miles los cadáveres por la soberbia de quien fue “revolucionario”, Daniel Ortega. O Colombia en donde los pensantes se aterran con la llegada de Gustavo Petro, el ex guerrillero del M-19, a la presidencia.

Hace tres años, en Valledupar, Colombia, recogí la inquietud a un paso de la frontera con Venezuela y muy cerca de Maracaibo. Me decían que era “triste” observar a las caravanas de venezolanos cuyas arribazones frecuentes a su país eran demostración de la escasez del otro lado de las líneas:

–Vienen a comprar todo, desde zapatos hasta despensas. No hay nada allí porque está desolado por la dictadura de Maduro.

Pese a lo anterior, fue el presidente venezolano, Nicolás Maduro Moros, quien tomó la decisión de deportar a centenares de colombianos bajo el supuesto de ser perniciosos para la estabilidad de la cuna de Bolívar –aunque en Santa Marta, Colombia, muriera el gran libertador-, lo que ocasionó el éxodo de miles más antes de ser víctimas de una expulsión.


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