Veneno Puro: Los Rastrojos Vivos

  • Los Rastrojos Vivos
  • Maestro de América
    Por Rafael Loret de Mola

También es originario de Veracruz el mafioso de los ferrocarriles, el anciano Víctor Flores Morales –al frente de un sindicato sin razón de ser ante el desmantelamiento de los ferrocarriles nacionales y la llegada de las trasnacionales apañadas por el simulador Ernesto Zedillo y la incorporación del criminal Grupo México, asesino de mineros-.

El execrable sujeto, famoso por cargar pistolas dentro de los recintos camarales, en sus días de diputado –sin el di y el do, diríamos-, cuando arribó al Palacio de San Lázaro acompañado de suripantas con minifaldas, fue señalado por escamotear, nada menos, quinientos setenta y siete millones de pesos, supuestamente destinados a seguros de vidas de sus infelices agremiados, para cubrir sus gastos personales si bien, como intocable aún, se alega que no ha perdido ninguna de las demandas en su contra. Basta ver su rostro ajado, rematado con lentes oscuros propios de los peores delincuentes sindicales –compárense con los que usaba el ya extinto Joaquín Gamboa Pascoe, ex dirigente nacional de la otrora temible CTM convertida ahora en cenizas-, para saber la calidad moral del sujeto.

Recuerdo que en 1999, cuando cursaba el papel de diputado y esparcía su prepotencia entre las curules, se atrevió a tomar de la garganta a un reportero que inquiría sobre un pleito de comadres entre dos legisladoras, una del PRI y otra del PRD, hasta el límite de la asfixia. Ese joven inquieto, en sus primeros años como profesional, sólo cometió el terrible pecado de saltarse el “corralito” –donde confinaban a la prensa-, para llegar hasta el Salón de Plenos en donde los burdos congresistas dirimían sus diferencias con el peor bagaje imaginable. Ese chico luego se convirtió en uno de los mejores periodistas de Latinoamérica para envidia de tantos y dolor amargo de los perros de caza.

Esta es sólo una pequeña muestra de la “conexión Veracruz” aunque no hemos citado a quienes, de verdad, manejan las cosas a su satisfacción: los poderosos capos de las dos riberas mexicanas y sus enemigos “Los Zetas”.

Por las Alcobas

Un grande de la literatura, el maestro de América, José Vasconcelos Calderón –narrador extraordinario dentro de la novelística de la Revolución y autor del lema de la UNAM, entre otros muchísimos logros políticos y académicos-, se encontró un día con el inolvidable Silverio Pérez, quien dio forma estética al pasodoble “Silverio” de Agustín Lara. Puros “bárbaros”.

Vasconcelos preguntó a Silverio:

–Bueno, compadre –el mote se lo puso a Silverio un icono del periodismo nacional, José Pagés Llergo-, por pura curiosidad, ¿cuánto gana usted por corrida?

–Ay, don Pepe, ¡qué preguntas hace usted! Bueno, unos cinco mil pesos plata.

–¡Qué barbaridad! Es más de lo que me han pagado por mis regalías de “Ulises Criollo” –su modélica obra maestra-.

Y el “faraón de Texcoco”, risueño, rubricó:

–Pues a torear, Don Pepe… a torear.

Cultura popular, sin duda.


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