Lluvia de impuestos, sequía local

Por Guillermo Robles Ramírez
Llevo años escribiendo columnas y todavía se sorprende con lo que lee en los informes oficiales. El otro día, repasando el balance del SAT del año pasado, me quedé asombrado. Porque la Secretaría de Hacienda, a través del Servicio de Administración Tributaria, anunció que en 2025 recaudó más dinero que nunca en toda su historia.

Y eso, pese a los retos que siempre andan flotando: la inflación que no afloja del todo, los vaivenes con el vecino del norte y esa sensación de que la economía camina con un pie en el acelerador y otro en el freno. Al menos eso dice el informe que salió a principios de este año.

Los ingresos tributarios siguen viniendo de lo de siempre, es decir, del Impuesto Sobre la Renta, el IVA, el IEPS, el de importaciones, el de automóviles nuevos y unos cuantos más que uno ya conoce de memoria.

La verdad es que la recaudación total del Gobierno Federal llegó a los 6 billones 45 mil millones de pesos, un 4.8 por ciento más en términos reales que en 2024. Cumplió el 101.6 por ciento de lo programado en la Ley de Ingresos. Récord puro. Y la parte estrictamente tributaria anduvo en 5 billones 351 mil millones, con un crecimiento real del 4 por ciento. Nada mal para un año que no fue de fiesta total.

Y como si fuera poco, la base de contribuyentes ha seguido creciendo. Ya anda por arriba de los 100 millones de activos localizados. Piense nomás: gente que declara, paga y se pone al corriente.

Además, recuperaron más de 70 mil millones de pesos de la cartera vencida en todo el 2025. Eso equivale a casi 6 mil millones al mes, en promedio. Resultados que, comparados con lo que uno veía hace una década, se antojan de otro mundo.

Pero aquí viene lo que, a mí viejo instinto de periodista me revuelve el estómago. Frente a estos números tan bonitos, tan redondos, tan de portada, la federación sigue apretando las partidas para los estados y los municipios. Los mantiene arrequintados. Limitados. Muertos de hambre, como decimos en Coahuila o en Durango cuando el sueldo no alcanza ni para la quincena.

Mientras la capital federal se baña en contribuciones, los gobiernos locales, muchos de ellos de colores distintos al del centro, reciben sus participaciones a cuentagotas. Y no es solo incongruente. Es, para decirlo sin rodeos, criminal. Porque castiga al que menos tiene por puras rivalidades políticas.

Yo he visto esto de cerca, ¿sabe? Recuerdo una vez, allá por los noventa, cubriendo una gira en Torreón. El alcalde de entonces me invitó a un café, me confesó off the record: “Mira, Guillermo, nos dan lo justo para que no nos quejemos, pero nunca lo suficiente para que hagamos algo grande”.

Hoy, en 2026, la canción suena parecida, solo que con otra letra. Los municipios siguen sin poder pavimentar una calle completa, reparar el alumbrado o mantener las escuelas como se debe. La señora del mercado de La Laguna paga su IVA cuando compra la tortilla y la carne, el campesino de la Comarca Lagunera declara sus cuatro hectáreas… y luego ve que el dinero se va para arriba y no regresa con la misma fuerza.

¿A quién entenderle? Las entidades y los ayuntamientos siguen limitados, recibiendo lo mínimo mientras la federación presume récords y mejores condiciones que en años “normales”. La lluvia de impuestos cae fuerte en las arcas centrales, pero abajo, en los ríos locales, apenas corre un hilo de agua.

Y uno se pregunta, con la mano en el corazón: ¿será por eso por lo que la Presidenta Claudia Sheinbaum no ha parado con sus giras internacionales? Viajes que suman miles de kilómetros, eventos bonitos, fotos con líderes de otros países… pero que, la verdad, uno no palpa el beneficio directo para el mexicano de a pie.

No se ve el retorno en el bache de la carretera a Saltillo, ni en el hospital que sigue sin equipo en Gómez Palacio, ni en el pozo de agua que se seca en una comunidad de La Laguna. Es fecha que no se nota el beneficio tangible o, al menos no tanto como el gasto que implican esas vueltas al mundo.

En mi trayectoria como periodista en el transcurso de todos estos años he visto un poco de todo y también muy cíclico. Gobiernos que prometen austeridad y terminan gastando en lo que no se ve. Presidentes que hablan de federalismo y terminan centralizando hasta el último centavo. Y siempre, siempre, el que paga la fiesta es el de abajo. El pueblo. El que madruga, el que paga impuestos, aunque le duela, el que ve cómo sus autoridades locales caminan con las manos atadas porque el dinero no baja como debería. Pues la cosa es que esto no es nuevo.

Desde el 2010 para acá, uno ha visto cambios de siglas, de partidos, de discursos… pero el apretón a los municipios sigue siendo el mismo. Cambia el color de la banda presidencial, pero la arrequintada de los gobiernos locales permanece. Y duele.

Duele porque uno sabe que ese dinero que se recauda con tanto esfuerzo podría estar arreglando una escuela en Monclova, pavimentando una calle en Matamoros o llevando agua potable a una ranchería de Torreón.

En fin, cosas de la vida o de la política. En cualesquiera de sus facetas, al final de cuentas el pueblo es el que sufre estas tácticas de castigar y hacer sufrir a quien, y quienes menos tienen, solo por pagar las rivalidades de arriba. Y mientras tanto, uno sigue escribiendo columnas, como siempre, porque hay verdades que no cambian ni con los récords más brillantes. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

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