Parquímetro que subsidia al privado
Por Guillermo Robles Ramírez
Miren ustedes, en estos días de abril del 2026, con el calor del norte ya apretando y la gente contando cada peso, varios alcaldes de Coahuila andan metidos en una revisión a fondo de los contratos de concesión de los parquímetros.
Esos aparatos que salpican las calles del primer cuadro, del centro comercial donde uno va a comprar el mandado o a hacer trámites. Lo primero que salta a la vista es que no se autofinancian. Recaudan poco, muy poco, y al final hay que completar la mensualidad con dinero de otros impuestos, de derechos, de lo que entra por otras vías a las arcas municipales.
La verdad es que el negocio termina siendo redondo… pero para las empresas privadas que tienen la concesión. El municipio pone de su bolsa. Y el ciudadano, como siempre, paga la cuenta.
Uno de los casos que sigue latiendo fuerte es el de Piedras Negras. Ahí, según reportes recientes que han circulado, las cuentas con los parquímetros no cuadran del todo. En 2024, con la concesión todavía vigente, se habló de una utilidad neta de alrededor de un millón doscientos mil pesos en apenas cuatro meses. El municipio solo recibía el cuarenta por ciento. El resto se iba para los privados.
Y en el 2025, cuando ya operaban de otra manera, las cosas tampoco mejoraron como se esperaba. El actual presidente municipal, Jacobo Rodríguez, tiene enfrente el mismo rompecabezas que otros ediles: cómo hacer que estos aparatos dejen algo de verdad sin tener que recortar de obra social, de pavimentación o de apoyo a la gente que más lo necesita.
Es positiva la actitud de revisar. Sana. Como debe ser. Pero fíjese usted, lo primero tiene que ser lo primero. Revisar internamente, en el departamento que controla la recaudación de cada parquímetro. Ver cuánto entra de verdad. Cómo se comportan las multas a quien no echa sus monedas o se pasa del tiempo pagado. Porque el sistema actual, tal como está, deja demasiado margen. Demasiado. Y no es que uno sea mal pensado. Es que la experiencia enseña. En arca abierta, hasta el más justo peca. En ánfora abierta, cualquiera peca.
Todavía recuerdo en mis inicios de periodista que en Torreón todavía se escribía todo a mano y en Saltillo apenas se modernizaba el centro, he visto cómo se dan estos “deslices”. Recuerdo una vez, a finales de los noventa, cubriendo una auditoría en un municipio del norte. Llegamos a las ánforas de las multas de tránsito y, de repente, las cifras no cerraban por unos cuantos miles. Nada escandaloso a simple vista. Pero sumados mes tras mes… alguien se llevaba un extra. Nadie gritaba. Nadie caía. Solo se acomodaban las cosas. Así, calladito.
La situación de Piedras Negras no es exclusiva. En Saltillo, por ejemplo, la gente del centro se queja de que la recaudación de los parquímetros “inteligentes” termina en libre disposición y no necesariamente en mejorar banquetas o alumbrado. Otras ciudades con el sistema andan igual. El control de ingresos deja mucho que desear. Hay margen para el clásico ordeño. Una moneda para las arcas públicas… y dos o tres que se van por otro lado. Para el bolsillo de algún funcionario o empleado del área de parquímetros.
El ciudadano común sale de su casa, deja el carro en el centro, echa sus monedas o pasa su tarjeta. Cree que está ayudando a que su ciudad esté mejor. Y mientras, parte de ese dinero se diluye entre manos que no deberían tocarlo. ¿Y sabe qué? Eso duele. Duele porque después faltan recursos para tapar baches, para dar una mano a las familias que viven al día o para mantener un parque decente donde los chavos puedan jugar sin miedo.
Por eso, una vez que se tenga clara la información interna es decir, recaudación real más multas, hay que ser honestos. ¿Alcanza para pagar la concesión mensual? ¿Queda algo de excedente para el municipio? Porque los alcaldes ya no pueden seguir con la cantaleta eterna de “no hay dinero”. Tienen que generar ingresos. Pero no a costa de esquilmar otras partidas.
Si los parquímetros de verdad no dejan, mejor dejar el negocio. Punto. No vale la pena seguir subsidiando a empresas privadas con impuestos del pueblo.
El estudio para decidir si se renuevan o no los permisos tiene que ser concienzudo. Realista. Y, sobre todo, extremadamente honesto. Mejor encargárselo a gente completamente ajena al departamento donde se manejan los movimientos. Gente de fuera, sin compadres, sin tentaciones. Porque cuando el que revisa es el mismo que controla las ánforas… pues ya sabemos cómo termina la cosa.
Y vuelvo a reiterar que esta revisión que están haciendo los alcaldes es un buen paso. No es moda. Es necesidad. En el norte, donde la frontera nos obliga a ser más listos con cada peso, estos detalles importan. La gente trabaja duro. Paga sus impuestos. Y espera que el gobierno no le esté metiendo la mano en el bolsillo dos veces: primero cobrándole el estacionamiento y luego usándolo mal.
Al final, el parquímetro debería ser una herramienta para ordenar el centro y dejar algo para todos. No un drenaje silencioso de recursos. No un pretexto para que unos pocos sigan viviendo del esfuerzo de muchos. Honestamente, hay que cerrar las ánforas. O al menos vigilarlas como se debe. Porque el dinero del pueblo no es para ordeñarlo. Es para servirle a uno. Monedas que se escurren en el centro. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org
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