Las entrañas del poder: Estado en modo avión
Por Olegario Roldan
“La burocracia estatal debe servir y proteger al pueblo, no forjar más corbatas para el grifo del despilfarro, y la corrupción”
Luis Gabriel Carrillo Navas
Presupuesto a la basura
La gran hazaña financiera de la Feria de Puebla merece un lugar en los manuales de administración pública… o en los de ciencia ficción.
Según las cifras oficiales, este año se “invirtieron” 256 millones de pesos para organizar el evento, aunque los ingresos por entradas y renta de stands apenas alcanzaron 84.2 millones.
Es decir, por cada peso recuperado, se fueron tres al alegre carnaval del gasto público.
Claro, siempre quedará el argumento de que la feria “dejó derrama económica”, esa frase milagrosa que en México sirve igual para justificar conciertos, sobrecostos y hasta baños portátiles con aroma a presupuesto inflado.
Y eso sin contar la experiencia del visitante: filas eternas, caos vial, precios dignos de aeropuerto internacional y una organización que parecía improvisada cinco minutos antes de abrir puertas.
Pero no importa; mientras haya luces, artistas y selfies para funcionarios, cualquier déficit puede venderse como “éxito histórico”. Total, la cuenta no la paga la feria: la pagan los poblanos.
Perfiles improvisados
En la política poblana, los títulos universitarios parecen funcionar más como género literario que como documento oficial, primero se entrega el puesto y luego, si hay tiempo, se revisa el currículum.
La regidora Lupita Vanesa López Silva, próxima titular de la Secretaría de Bienestar Municipal, presume en su perfil oficial estudios en Psicología por la BUAP; sin embargo, el Registro Nacional de Profesionistas no parece compartir el entusiasmo curricular.
Pero eso no frenó el nombramiento para una dependencia que, en teoría, debería atender pobreza, desarrollo social y programas comunitarios. Nada menor.
La Secretaría de Bienestar no es precisamente una oficina de relaciones públicas: maneja recursos, políticas sensibles y necesidades reales de miles de poblanos. Aun así, el cargo terminó convertido en otro premio de confianza política donde la experiencia parece un detalle decorativo.
Lo inquietante no es únicamente la ausencia de título, sino la costumbre de normalizar perfiles improvisados en áreas estratégicas. Luego vienen los programas fallidos, el desorden administrativo y las conferencias culpando “al pasado”. Porque en Puebla, la meritocracia suele llegar… después del nombramiento.
Los puestos públicos empiezan a parecer concursos donde el requisito principal no es la preparación, sino el padrino político.
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