La voz que se quedó sin línea
Por Guillermo Robles Ramírez
El otro día estuve en un restaurante y observé un grupo de muchachos, aunque parecían más niños que adolescentes, sentados juntos, cada quien, con la cabeza agachada, los pulgares volando sobre la pantalla. Nadie hablaba. Ni entre ellos ni por teléfono. El celular vibraba de vez en cuando, pero nadie descolgaba. Solo mensajes, solo notificaciones. Y uno se queda pensando: ¿cuándo fue que la voz se quedó muda?.
Mire, yo no soy de los que reniegan de la tecnología. Para ser sincero es que la he usado toda la vida. Como reportero, hace ya más de treinta y seis años, el teléfono era herramienta de supervivencia. Uno llamaba a las fuentes, marcaba desde una caseta pública cuando andaba en la calle, o desde la redacción cuando había que confirmar un dato antes de que cerrara la edición.
Era lento, sí, pero servía. Y servía porque había una persona del otro lado, con su tono, con su prisa o con su duda. Hoy en día, la cosa cambió. Y no es que la herramienta sea mala. Es el exceso lo que está carcomiendo algo que antes dábamos por hecho: el simple acto de hablar por teléfono.
Según la ENDUTIH del año pasado, ya somos casi 99 millones los mexicanos que usamos celular. El 97 por ciento de los que entran a internet lo hacen por teléfono inteligente. En el norte, en estados como Sonora o por acá en Coahuila, la penetración es todavía más alta.
Los chavos de 12, 13 años ya cargan su propio aparato como si fuera una extensión de la mano. Y no es solo los jóvenes. Hasta los más chiquitos piden “el teléfono” para ver videos o mandar stickers. Pues la cosa es que el aparato ya no es un lujo ni una herramienta. Se volvió prótesis.
Y lo curioso o lo triste, según se mire, es que el teléfono ya casi no suena. En las casas ya no hay aparato fijo. En las oficinas, si suena, es raro que alguien conteste al primer tono; prefieren ver quién es por la pantalla y decidir si vale la pena.
En los celulares propios, la mayoría anda en vibrador o en silencio total. Uno puede estar sentado a un metro de distancia de otra persona y comunicarse solo por WhatsApp. ¿Y sabe qué? Eso tiene consecuencias.
Y solo como información lo que pasa cuando se les acaba el dato o se desconectan del WiFi. He visto a chavos entrar en un estado de verdadera angustia. Se les pone la cara de quien se quedó sin aire. “No tengo señal”, dicen, como si hubieran perdido la brújula.
Y es que para ellos estar incomunicados significa no tener WhatsApp, no tener TikTok, no poder mandar un reel ni recibir uno. Se sienten solos de verdad, aunque estén rodeados de gente. El mundo se les achica de golpe. Y uno entiende: crecieron conectados. Pero también uno se pregunta qué pasa cuando esa conexión se rompe y solo queda la voz… y la voz ya no la saben usar.
La verdad es que se perdió el arte de hablar por teléfono. No porque sea difícil técnicamente, marcar un número sigue siendo lo mismo, sino porque ya no saben qué decir. Se la pasan mandando bromas, memes, cosas sin contexto, viviendo en un mundo de expectativas perfectas que después chocan con la realidad de una conversación sin filtro.
En el teléfono no hay “borrar y volver a escribir”. Sale lo que sale. Hay silencios. Hay titubeos. Hay risas que suenan distintas según el día. Y eso asusta.
Yo me acuerdo de cuando era reportero joven, por allá en los ochenta. Llamabas a un funcionario o a un testigo y tenías que leer entre líneas. El tono de voz te decía si te estaba dando la vuelta, si estaba nervioso, si le importaba el tema o si solo quería deshacerse de ti. Eso no se copia y pega. Eso no se edita después.
En una llamada telefónica uno tiene que ser uno mismo, con sus palabras torpes, con su acento norteño, con las pausas que a veces dicen más que las palabras. Y eso, para muchos jóvenes de ahora, se siente como estar desnudo en medio de la plaza.
Porque la comunicación verbal, la de verdad, la que va por aire, carga con todo: el registro emocional, el tiempo de respuesta, la expresión que, aunque no se vea se intuye en la voz. Los muchachos lo saben. Por eso prefieren el mensaje. Allí pueden pensar, pulir, elegir el emoji correcto, esperar a estar de mejor humor. No hay juicio inmediato. No hay que cargar con el acento, ni con la emoción que se les sale sin permiso. Pueden ser la versión más cuidada de sí mismos… o la más falsa.
Y la presión de tener que decir “lo correcto” en el momento exacto se alivia un poco. Aunque, claro, también se pierde algo esencial: la posibilidad de equivocarse y que esa equivocación sea parte de la relación.
He visto familias enteras en una comida donde nadie levanta la vista del celular. El papá manda un mensaje al hijo que está sentado a su lado. La mamá contesta un audio mientras sirve la comida. Y cuando alguien se atreve a hacer una llamada de voz, porque a veces es más rápido, se oye el “¿qué quieres?” con tono de fastidio, como si la voz fuera una interrupción molesta.
Y me cuestiono, pero ¿qué pasó con la plática de antes?. Aquella en la que uno llamaba a la abuela los domingos, o a la novia cuando todavía había que marcar número por número, o al amigo para contarle algo que no cabía en un texto.
La verdad yo he visto cómo se malinterpretan los mensajes todo el tiempo. Un “está bien” puede leerse como enojo, como indiferencia o como resignación, según el humor con el que lo reciba el otro.
En el teléfono, el tono lo aclara todo. La risa, el suspiro, el “espérate un momento” que dice más que mil palabras. Por eso recuperar el arte de la llamada no es nostalgia tonta.
Es una forma de volver a ser vulnerables de a de veras. De practicar el ser uno mismo sin la protección de la pantalla. De enfrentar ese miedo que muchos cargan: el de que su voz, su forma de hablar, su manera de dudar no sea suficiente o sea juzgada al instante.
No se trata de tirar los celulares ni de volver a las casetas públicas. Eso ya no va a pasar. Pero sí de no olvidar que hay conversaciones que solo caben en una llamada. Que hay personas como abuelos, amigos viejos, hasta uno mismo que merecen oír la voz del otro de vez en cuando. Que el silencio del auricular, ese que ya casi nadie levanta, se está llevando algo que no se recupera con likes ni con stickers.
Pues mire usted, a lo mejor la próxima vez que vea a alguien con el teléfono en la mano, en vez de mandarle un mensaje, márcale. Aunque sea para decir “¿qué onda?”. Aunque sea para oír cómo suena su voz cuando contesta. Porque esa voz, la de carne y hueso, todavía tiene cosas que contarnos que ninguna pantalla puede reemplazar. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org
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