La oscuridad que maneja sola

Por Guillermo Robles Ramírez
Ahí anda, en las calles de Torreón, Gómez Palacio, Lerdo y hasta por los rumbos de Matamoros, esa manada de camionetas y sedanes con los vidrios tan negros que parecen carrozas fúnebres en pleno día. No se ve quién maneja, ni quién va atrás, ni si traen cara de santo o de diablo. Y lo peor: nadie hace nada o, casi nadie.

La cosa no es nueva, claro. Antes de que la inseguridad se pusiera de moda como ahora, el Diario de la Federación ya había soltado un decreto que lo prohibía de manera tajante. Aquello era para protegerse del solón que nos cae encima en la Comarca, sobre todo en aquellos carros que no traían aire acondicionado de fábrica. Porque, sinceramente, aquí el calor aprieta como deuda de banco.

De origen, los vehículos salen con un polarizado tenue en las ventanillas laterales y el de atrás; los delanteros se quedan claritos, como Dios manda, para que el chofer vea y lo vean. Pero la gente empezó a exagerar, a poner películas que parecen espejos negros, y las autoridades… pues se hicieron los occisos.

Yo recuerdo, hace ya varios años, cuando cubría una nota en las calles de Torreón. Paré a un tipo en una pick-up con todo polarizado. Bajó la ventanilla apenas una rendija y me miró como si yo fuera el problema. “Es para el sol, jefe”, me dijo. Mentira. Era para no dar la cara. Y eso pasa todos los días. Bravucones que te cierran, que te pitan, que te amenazan con el dedo desde esa oscuridad, sabiendo que nadie los va a identificar. Impunidad pura que huele a cohecho o a pura flojera.

El municipio de Torreón, allá por el 2023 o 2024; ya ni me acuerdo exacto, pero fue antes de que empezaran los operativos fuertes del año pasado, sacó su reglamento oficial. Prohibió el exceso de polarizado, puso multas, dio un plazo para que la gente quitara lo que no debía traer.

Al principio los agentes de vialidad y los policías actuaron, como novatos emocionados con juguete nuevo. Multaban, retiraban láminas, todo el show. Pero luego… pues se fue diluyendo. “Es caro quitarlo”, decían los dueños. Y las autoridades, en lugar de endurecer, miraron para otro lado. Ahora, en pleno abril del 2026, sigue igual o peor.

Del otro lado, en Gómez Palacio, que es Durango, pero parece la misma Laguna, también pusieron reglas. Hubo un tiempo en que ofrecían descuentos en el canje de placas si retirabas el polarizado que oscurece y esconde. Una forma de incentivar, de decir “¡vamos!, coopera y te ayudamos”. Pero la apatía ganó.

Los agentes de tránsito siguen tolerantes, o “centaveados”, como decimos por aquí. Y la gente, pues sigue poniéndolo. Porque total, ¿quién los va a parar?

Y no es solo que se oculte a los que cometen delitos graves. Eso ya es grave de por sí. Es que también se refugian ahí los pendencieros de a pie, los que manejan con el coraje en la mano y la cara escondida. Piensen nomás en el tráfico de la calzada Colón cualquier tarde: un Versa negro que te rebasa por la derecha, vidrios como noche, y el tipo ni voltea. Usted no sabe si es un padre de familia apurado o un malandro con algo que esconder. Esa oscuridad genera más impunidad que un juez distraído.

La verdad, he visto de todo en estos años y en diferentes cabeceras municipales de Coahuila. Cubrí cuando la inseguridad empezó a comerse la Comarca, y siempre me quedó claro que estos vidrios no ayudan a nadie más que a los que no quieren ser vistos.

Las autoridades federales lo tienen claro desde hace rato: el reglamento de carreteras y puentes de jurisdicción federal ya lo dice en negro sobre blanco. Pero aquí, en lo local, la aplicación es otra cosa.

En Torreón, por ejemplo, el Reglamento de Movilidad Urbana es clarísimo: solo se permite lo que viene de fábrica, nada de películas extras que no dejen ver. Y en el 2025 anunciaron operativos para detectar precisamente eso. ¿Sirvieron? Pues… algunos carros los quitaron, otros no. La costumbre es más fuerte que la ley, parece.

Ahora, mire usted lo que pasa un poco más al norte, en Saltillo. No es la Laguna, pero es la misma se encuentra en Coahuila y el mismo problema. El parque vehicular ha crecido como espuma: según datos recientes, la capital coahuilense está entre las que más vehículos por habitante han sumado en los últimos años, con un aumento de casi el 47 por ciento en una década.

Miles y miles de carros rodando. ¿Y los agentes de tránsito? La verdad es que casi no se ven. Solo aparecen cuando hay un choque y las aseguradoras los llaman para el parte. Patrullas de tránsito… contadas con los dedos de una mano en hora pico. ¿Cuántas deberían haber?.

Con ese montón de vehículos, uno esperaría ver más uniformes en las calles, vigilando, multando, haciendo presencia. Pero no. Se sienten escasos, como si la vialidad fuera un lujo que solo se da cuando ya pasó la desgracia.

¿Y sabe qué es lo que más criticable? Que todo esto se normalizó. Ya nadie se sorprende cuando ve una Suburban con vidrios de ataúd. Es como si la impunidad se hubiera polarizado también: oscura, cómoda, tolerada.

Y mientras, los ciudadanos de a pie seguimos pagando la factura: miedo, desconfianza, la sensación de que la calle ya no es nuestra. Yo no soy de los que gritan al cielo pidiendo mano dura por todo. Pero fíjese, amigo lector; cuando la autoridad se hace la disimulada con algo tan visible como un vidrio negro, está mandando un mensaje clarísimo. Que la ley es para los que la cumplen, y que los demás… pues que sigan en la sombra. Y eso, honestamente, no nos conviene a ninguno.

Ojalá que en este 2026, con los operativos que se anuncian y los reglamentos que ya existen, las cosas cambien de verdad. No por multar nomás, sino por recuperar algo que se nos está yendo: la cara visible de quien comparte la carretera con nosotros. Porque al final, en la Laguna como en Saltillo, lo que necesitamos no son cristales más oscuros, sino miradas más claras. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

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