El adiós que niegan los bancos

Por Guillermo Robles Ramírez
Los bancos como esos novios que te conquistan en un abrir y cerrar de ojos, pero cuando quieres cortar, se vuelven más tercos que una mula de rancho.  Y es que no sé si ustedes se han fijado autorizan una tarjeta de crédito a cualquier persona o nueva cuenta bancaria con la misma facilidad con que te venden un refresco en la esquina.

Ya casi ni piden comprobante de ingresos, ni constancia de domicilio. Basta con decir “vivo en tal calle, número equis, en Torreón o donde sea”, y listo. El aval pasó de moda hace rato, como las chequeras de antes.

Piense nomás en los ochenta o noventa, cuando yo andaba cubriendo la fuente de finanzas por estos rumbos del norte. Para que te dieran un plástico tenías que llevar hasta el acta de nacimiento, tres referencias personales y un garante con propiedades. Sufrías las de Caín.

Hoy, en cambio, la tarjeta nueva llega por correo casi sin pedirla. Y uno, pobre diablo, la acepta porque “nunca se sabe cuándo hace falta”. Pero ay, les platico, cuando el cliente decide que ya basta, que quiere cortar ese lazo que lo tiene ahogado en intereses y comisiones, ahí cambia la película.

Los mismos bancos que fueron ágiles y sonrientes se vuelven perezosos, apáticos, lentos como si el tiempo no corriera para ellos. Hay que llamar, volver a llamar, ir a la sucursal, llenar formas, esperar semanas, meses a veces. Y mientras, siguen cayendo cargos, anualidades, seguros que nadie pidió. Es como pedir el divorcio y que la esposa te siga cobrando la renta.

Por eso, cuando uno escucha que la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros, la CONDUSEF, que así se ha llamado de siempre, se ha puesto las pilas para cambiar las reglas, uno no puede más que alzar una ceja con esperanza.

El pasado noviembre de 2025, la Cámara de Diputados aprobó una reforma que obliga a los bancos a cancelar la tarjeta en un máximo de tres días hábiles, sin cobros extras, sin penalizaciones y por el medio que el cliente elija: teléfono, una App o en ventanilla. Si queda algún saldo pendiente, ya no podrán cargarle más intereses ni comisiones mientras se liquida.

El plástico entra en un régimen terminal, como quien dice, y el usuario recibe aviso claro de que todo va rumbo a su fin. Sería, la verdad, un milagro digno de festejarse con cohetes y todo. Porque estos “Hijos de Víctor Hugo”, como les decimos cariñosamente por lo agarrados que son igualitos a los prestamistas de la novela de los Miserables, siempre han gozado de una influencia que parece blindarlos.

Tienen sus arreglos con Hacienda, con las autoridades bancarias, y hacen lo que les da la gana. Uno lo ha visto en las quejas que llegan a los periódicos del norte: gente de Saltillo, de Gómez Palacio, de Monterrey, que lleva tres o cuatro meses peleando por una cancelación que, según la ley, debería ser sencilla.

La CONDUSEF no anda inventando. En 2024 atendió más de 251 mil reclamaciones de usuarios financieros, y casi 8 mil de ellas fueron precisamente por cancelaciones que los bancos ignoraron o dilataron. Para que tengan una idea más clara en la mente son casi ocho mil mexicanos que pidieron “ya no quiero esta tarjeta” y se quedaron esperando como en la antesala del infierno. Y eso solo lo que se reportó. Porque hay miles más que se cansan y pagan lo que sea con tal de quitarse el problema de encima.

Yo recuerdo un caso que me tocó cubrir hace un par de años, por aquí cerca de La Laguna. Un señor jubilado, don Chuy, que había sacado una tarjeta “por si las dudas” cuando le ofrecieron puntos y millas. Al año ya no la usaba, pero cada mes le caían 300, 400 pesos de comisiones y seguros. Llamaba, le decían que mandara un correo. Mandaba el correo, le pedían que fuera a la sucursal. Iba, le pedían que esperara.

Al final, después de cuatro meses y medio, tuvo que acudir a la CONDUSEF para que le dieran un empujón. Cuando por fin le dieron el acuse de cancelación, ya había pagado casi el doble del saldo original. Eso no es servicio, es una trampa con moño.

Por eso celebro que la reforma vaya más allá. Ahora los bancos tendrán que permitir la cancelación por una App, por teléfono, en persona, las 24 horas si es posible, y entregar comprobante físico o digital el mismo día que termine el trámite. Nada de “no estamos enterados de esa disposición”, que es la frase favorita del personal de ventanilla cuando uno les reclama. Ojalá obliguen a que pongan un cartelito claro en cada área de atención al cliente, con las nuevas reglas en grande, para que nadie se haga el desentendido.

Claro que no todo es color de rosa. Las buenas intenciones de la CONDUSEF y de los diputados siempre han chocado contra la realidad de los bancos. Hay que vigilar el cumplimiento como halcón. Porque si no hay supervisión real, si no hay multas que duelan, todo se queda en papel mojado y los usuarios seguimos sufriendo las consecuencias. Ya lo hemos visto con otras disposiciones: bonitas en el Diario Oficial, inútiles en la práctica.

Y es que, al final del día, el problema no es solo el trámite. Es la facilidad con que nos meten en el juego del crédito. Hoy circulan en México alrededor de 37 millones de tarjetas de crédito, según datos de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores a mitad del 2025. Millones de plásticos que entran volando a los bolsillos de la gente y que, cuando uno quiere sacarlos, parecen pegados con pegamento industrial.

¿Y saben qué? A mí, después de muchos años escribiendo columnas desde el norte, ya no me sorprende. He visto de todo: familias que se endeudan por una tarjeta que les prometía “libertad financiera” y terminan esclavos de los intereses. He platicado con jóvenes que ni siquiera tienen trabajo fijo, pero ya cargan dos o tres plásticos. Y también con señoras que, como don Chuy, solo querían un respaldo y terminaron pagando por un servicio que ya no deseaban.

Por eso, aunque suene a utopía, ojalá este milagro se concrete. Ojalá los “Hijos de Víctor Hugo” se vean obligados a soltar la presa con dignidad y rapidez. Porque proteger al usuario no es un capricho, es justicia básica.

Y si la CONDUSEF logra que la cancelación sea tan fácil como fue la aprobación, entonces sí habrá que celebrarlo con bombo y platillo. Mientras tanto, usted, que me está leyendo, si anda pensando en cortar alguna tarjeta, hágalo ya y guarde todos los comprobantes. Y si le ponen trabas, ya sabe: a la CONDUSEF, que ahí sí atienden de verdad.

La banca mexicana tiene mucho que aprender todavía. Pero al menos, por primera vez en mucho tiempo, parece que alguien está dispuesto a ponerles un alto. Veremos si dura. La neta, yo cruzo los dedos. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

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