Salud que no llega al monte

Por Guillermo Robles Ramírez
Ayer, 7 de abril de 2026, se cumplió otro Día Mundial de la Salud. Fíjese ustedes, hace ya 78 años que la Organización Mundial de la Salud marcó esta fecha para recordarnos que la salud no es un lujo de ciudad, sino un derecho que debería llegar hasta el último rincón.

Este año el lema fue “Juntos por la salud. Apoyemos la ciencia”, y honestamente es que uno se queda pensando solamente cuando pasamos por alguna enfermedad ya sea la de nosotros mismos, familiar o amistad: ojalá esa ciencia sirviera para algo más que discursos bonitos.

El objetivo de fondo siempre ha sido el mismo desde hace décadas: bajar esa mortalidad materna que duele tanto, garantizar que las mujeres tengan atención cuando van a traer un hijo al mundo.

Pero en México, ¿qué celebramos realmente? La verdad, poco o nada. Según las mediciones más recientes del CONEVAL, allá en 2024, más del 34 por ciento de la población seguía con carencia en el acceso a los servicios de salud.

Eso no son números fríos, son millones de mexicanos que no tienen ni consulta, ni medicinas gratuitas, ni un tratamiento cuando las cosas se complican.

Y piense nomás en las zonas rurales, porque la verdad es que la mayoría de la mancha urbana no lo hace por el simple hecho de tener mayor acceso a la salud dentro de la ciudad.

Sin embargo, en muchos pueblos del norte, o peor aún en las comunidades indígenas de las sierras, el servicio de salud pública brilla por su ausencia o queda tan lejos que llegar puede tomar horas, a veces días enteros.

Yo he visto camiones destartalados, caminos de terracería que se convierten en ríos cuando llueve, y mujeres embarazadas que salen de madrugada con el rebozo y la esperanza de llegar a tiempo. La situación se pone más fea en esos lugares donde la gente vive entre los montes, lejos de todo.

Antes se llamaba Seguro Popular, luego pasó a INSABI y ahora opera bajo el IMSS-Bienestar, pero el nombre cambia y la distancia sigue siendo la misma.

Hay una discrepancia brutal entre lo que prometen los políticos en sus discursos y lo que se vive en este México roto. No solo por la inseguridad que a veces ni deja salir de casa, o la pobreza que te obliga a elegir entre comer y pagar el pasaje al doctor, sino por un gobierno que ha tenido sus buenos tropiezos en el tema de la salud. Lo vivimos en carne propia con la pandemia del Covid-19, cuando el sistema colapsó y no hubo capacidad para una emergencia mundial.

Y ahora, con los cambios del clima, las olas de calor que golpean más fuerte, las enfermedades que se mueven con las lluvias raras o las sequías que dejan sin agua ni para lavarse las manos, tampoco estamos preparados como deberíamos.

Cada año la OMS lanza su campaña para concientizar. Este 2026 el enfoque está en la ciencia, en colaborar para proteger la salud de las personas, los animales, las plantas y el planeta entero. Pero para las madres y los recién nacidos el desafío sigue siendo el de siempre: acceso real a servicios, a educación y a información clara. ¿Acaso lo tenemos? La pregunta se queda ahí, flotando, porque la realidad grita otra cosa.

El problema de la salud materna debería estar ya en la agenda pública, no solo en la federal, sino en cada estado y en cada municipio. Basta con abrir el periódico o checar los portales de noticias para toparse con las historias: mujeres que mueren durante el embarazo o en el parto.

La Organización Panamericana de la Salud y la OMS siguen reportando que, a nivel global, unas 300 mil mujeres pierden la vida cada año por causas relacionadas con la gestación y el parto. A eso súmele más de dos millones de recién nacidos que no pasan el primer mes. Y cuatro de cada cinco países siguen lejos de la meta para el 2030.

Aquí en México las cifras han bajado un poco respecto a años peores, pero todavía rondamos las 25 muertes maternas por cada 100 mil nacimientos, según los reportes más recientes de la Secretaría de Salud. No es para echar las campanas al vuelo.

Yo he cubierto esto por más de 40 años, desde que andaba con libreta y pluma en Torreón y Saltillo, y le digo con el corazón en la mano: estas no son solo estadísticas. Son caras, son historias, son familias que se quedan con un vacío que nadie llena.

Me acuerdo de una vez, por los años de la década pasada, que me tocó ir a una comunidad en la sierra de Coahuila. Una muchacha joven, casi niña todavía, estaba en trabajo de parto. No había ambulancia, el camino estaba cerrado por las lluvias y el centro de salud más cercano quedaba a más de cuatro horas. Llegamos tarde. El bebé no resistió. La madre sobrevivió, pero con una tristeza que se le notaba en los ojos. Ese día entendí que la salud no se mide solo en hospitales de concreto, sino en la capacidad de llegar a tiempo a quien más lo necesita.

Esas cosas se le quedan a uno, sabe usted, como periodista que ha pisado el polvo de muchos caminos. La verdad es que mi columna se queda corta, rabona como decimos en el norte, para abarcar toda la vulnerabilidad que hay en el sector salud de nuestra gente.

No hay mucho que celebrar este Día Mundial de la Salud. Porque mientras sigamos teniendo madres que mueren por falta de una atención oportuna, mientras los niños nazcan en condiciones que les roban el futuro desde el primer día, las palabras bonitas y los lemas de campaña se quedan en el aire, o bien en una anotación botada en la basura por algún político después de dar un discurso o una promesa.

Y, sin embargo, aquí estamos. Porque al final, lo que importa no son las cifras ni los informes oficiales, sino esa mujer que camina por la sierra con la barriga grande y la esperanza de que alguien la atienda. Ese es el México real. El que duele. El que sigue esperando. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

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