Laberintos del Poder: Una silla y un Palacio muy grandes para quien los ocupa

Por Emilio Trinidad Zaldivar

Su protagonismo y ego son mayores a su responsabilidad. Confundir el significado de honestidad con inmunidad a un virus letal, lo describen, lo desnudan, lo ridiculizan. Fueron semanas de insensatez, de creerse que sus figuras religiosas sí serían escudo protector para la pandemia. 

Sus colaboradores, temerosos de su necia respuesta, tuvieron que sacudirlo, hacerlo entrar en razón. 

Perdió valioso tiempo recorriendo el país y dando sus mañaneras. A cada lugar que se presentaba había gente que quería saludarlo y él les daba el gusto. Después en señal de afecto y agradecimiento, en esas mismas giras, se llevaba la mano al pecho pero no dejaba de salir, de ir a las comunidades, de exponer a los ciudadanos a hacinarse a su alrededor.

No podemos tener al mando de este barco a un testarudo mandatario, que no entiende razones ni escucha las voces del conocimiento.

Cuanto arrepentimiento tengo porque contribuí con mi voto para que llegara al poder un hombre que se cree infalible, que se mira en el espejo para ver en el reflejo a un Moisés, a un Hércules, o a un Zéus; a un guía que imagina lleva a su rebaño por el camino correcto porque su ejemplo así lo expone.

Vi por la televisión el viernes, horrorizado, a muchísima gente en el zócalo de la Ciudad de México bailando, recorriendo sus calles, ignorantes del peligro que corrían. A un reportero de un medio electrónico varios de esos tontos transeúntes le dijeron que como veían al presidente salir y viajar, y que como lo escuchaban decir que había que ir a fondas, a mercados, a tianguis, pues atendían su llamado.

Cuanta estupidez! Andrés Manuel López Obrador se equivocó y su reacción tardía puede ser veneno puro para un pueblo volcado a sus pies. 

Quizás sí se siente el Mesías, omnipotente, omnipresente, o tocado por Dios, pero lo que hizo en estos días aciagos al frente del gobierno federal, reflejan a un hombre ignorante, insensible ante el dolor ajeno; a un hombre que es el hazme reír frente al mundo que lo observa azorado, incrédulo, por decir que había que abrazarnos, que besarnos, darnos la mano. 

Tanto luchó y batalló por llegar al cargo que ostentaron Juárez, Lázaro Cárdenas, Ruíz Cortines, para perderse en su locura, en su ironía, en su burla, en el insulto cotidiano a los mafiosos del pasado, a los neoliberales, a los que sigue y seguirá culpando por todo cuanto sufrimos y padecemos. 

Andrés Manuel López Obrador es todo lo contrario a lo que requeríamos los mexicanos al frente de este maravilloso país. 

Su arrogancia y soberbia lo llevaron a cometer dislates y errores que sólo ignorantes o niños cometen; su conducta retadora a una pandemia lo hicieron encontrarse con gobernadores hoy infectados por el Covid19, como Omar Fayad y Adán Augusto López, que muy probablemente contagiaron al inmune a todo mal. 

Qué pena y enojo me provoca usted señor presidente.

Por el bien suyo, y por el bien de nuestro país, esperemos que no esté contagiado. 

Ojalá y cambie en su conducta. Deje de pensar que sus escudos protectores religiosos lo hacen repeler todo. 

No se siga equivocando, el virus puede dejar a esta nación sin ciudadanos que gobernar. Cuídese y cuide a los suyos. 

Basta de locuacidades y de torpezas. 

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