Desafío

Desafío: Palabras, no Hechos

  • Palabras, no Hechos
  • De los Homosexuales
    Por Rafael Loret de Mola

Desde que tengo uso de razón –alégrense los radicales que creen ofenderme por mi edad y no se dan cuenta de que en la misma línea colocan a su icono AMLO, mi contemporáneo-, solía sentarme a escuchar o ver los informes presidenciales; y no lo hacía porque mis padres me obligaran sino porque me encantaba poder ver el boato que incluía el saludo a la bandera, el Himno, los cadetes custodiando el auto del líder supremo con la banda tricolor sobre el pecho y en medio de una valla de servidores públicos que más se alegraban porque ese día no acudían a sus pesadas labores burocráticas. No percibía entonces que aquella reverencia nos acercaba a las dictaduras.

Poco a poco se desintegró el “día del presidente” hasta volverse explosivo y lleno de matices con una oposición temerosa de la cual de vez en cuando surgía algún rasgo medido de protesta como cuando el gran Porfirio Muñoz Ledo inauguró las impugnaciones alegando “con todo respeto, señor presidente” que siguió a un abucheo mayúsculo y a la salida del foro legislativo de todos los legisladores de izquierda reunidos todavía en el Frente Democrático Nacional.

En entrevista, unos meses después del suceso, De la Madrid, ya sin jerarquía, me confesó:

–Estuve a un segundo de entregar el texto del informe y trasladarme a Palacio Nacional para dar un mensaje y eludir la gritería…

Pero ese segundo, sin duda, modificó las formas y dio paso a los posicionamientos partidistas que pocos suelen escuchar; la verdad es que el símbolo, la banda tricolor, pesa mucho visualmente a los mexicanos aunque la hayan portado tantos delincuentes de cuello verde, blanco y rojo. De ello creímos habernos librado para siempre en 2000 y fue peor; y volvimos a creerlo en 2018 y allí vamos entre las indefiniciones, la ausencia de congruencia y una nube permanente de manipulaciones sin fin… y de mensajes pueriles cada que se le ocurre a López IV.

Hoy, sin duda, tenemos como titular del Ejecutivo a quien ha perdido gran parte de su enorme popularidad original, cuando menos por encima de los últimos diez mandatarios precedentes y acaso varios más, entre ellos Alemán y Ávila Camacho, hasta llegar a la esfinge del general Lázaro Cárdenas del Río; a veces suelo preguntarme si el prócer michoacano estaría cómodo por estar entre los abanderados de la Cuarta Transformación o molesto porque su hogar como mandatario, por él habilitado, está convertido en un salón casi siempre vacío –cuando no hay visitantes- y por donde desfilan aún no pocos compatriotas a quienes se le dice que la casona es uno de los signos de la corrupción sin medir la importancia de preservar la figura del sexenal residente como parte de la estrategia de seguridad del Estado.

Una cosa es la humildad y otra la soberbia para sentirse superior hasta el grado de creerse inmune a los atentados. Esto es lo que no capta la perturbada mente del mandante-mandatario quien cambió una casona por un palacio para decirse “austero” como una burla más a sus gobernados.

Quién sabe qué diría el general; pero no se quedaría con la boca callada; como tampoco Juárez lo haría aunque ahora su recinto, en Palacio Nacional, sea compartido por una familia, la de Andrés Manuel, que opta por vivir varios días en su casa particular, allá por Tlalpan, por su apego a lo que es suyo de verdad. Ojalá que no se les vaya a ocurrir dar en renta el departamento construido por Calderón, otra paradoja, para no ir a casa empapado del sudor del alcohol aunque lo mejor para él eran sus tardeadas en Los Pinos.

Cada mandatario cuenta su historia sin el contexto de la realidad.

La Anécdota

En un mundo cambiante, recuerdo que confidencialmente consulté a Andrés Manuel cuando visitaba mi alquilada casa en Las Águilas, en medio de varios colegas, si creía que mi libro “Los Escándalos”, en donde citaba a la cofradía de la mano caída podría traerme problemas con el gremio aun cuando su tendencia distaba mucho de ser homofóbica; más bien se trataba de preservar la dignidad de cuantos eran obligados a graduarse en el tema para ascender al Olimpo político. Un claro ejemplo fue el del yucateco Emilio Gamboa.

López Obrador me dijo:

–Te aconsejo que con los homosexuales no te metas; son muy vengativos y pueden torcerte. Déjalo pasar.

No le hice caso y el libro se publicó; tres años más adelante vino “Alcobas de Palacio” y ya no me dijo nada. Debo apuntar que Andrés Manuel se equivocó: no tuve el menor inconveniente, ni a las salidas de las obras en cuestión ni durante las múltiples presentaciones de las mismos –algunas en foros callejeros como en Tijuana-. Y es que, sencillamente, la comunidad lésbico-gay sabe leer a diferencia de no pocos miembros de la clase política… lectores de clóset y a quienes también les gustan los armarios.


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