Desafío: EL SEGUNDO CURSO

*EL SEGUNDO CURSO
*AMANECER XENÓFOBO
Por Rafael Loret de Mola


Hace algunos lustros un sabio gobernador, afincado en el sureste mexicano, me confió cuál había sido su reacción el día de su toma de posesión:

–Confieso que, cuando me quedé solo, completamente solo, no sabía por dónde empezar. ¡Había atestiguado tantos males endémicos y tanta corrupción que era difícil encontrar las prioridades y más cuando las arcas del erario me las habían entregado vacías, en bancarrota!

Esta historia solía repetirse por doquier. Otro mandatario del Golfo, economista experto y ya extinto, llegó al extremo de ahorrar todos los ingresos de su Veracruz durante la mitad de su periodo ¡y los puso a jugar en la Bolsa de Nueva York! Un enorme riesgo que, para fortuna de él y sus gobernados, fue exitoso. Con el capital y sus remanentes pudo realizar obras excepcionales que perduran por toda la entidad y dio un impulso tal a su región que, después de él, los gobernadores predadores no han alcanzado a devastarla ni siquiera el siniestro Duarte de Ochoa ni el asesino y ladrón Miguel Ángel Yunes Linares, quien debiera estar próximo a ingresar a alguna prisión de alta seguridad si fuera serio el combate a la corrupción.

Me vienen como ráfagas los señalamientos de no pocos funcionarios sobre su primer día. Fernando Gutiérrez Barrios, sucesor de Don Agustín Acosta Lagunes nuestro referente, y luego secretario de Gobernación, estalló en júbilo cuando logró sentarse en la silla principal del Palacio de Bucareli observando con desdén, el 30 de noviembre de 1988 –un día antes de la asunción de Carlos Salinas a la presidencia-, la salida un tanto correteada del entonces rabioso priista Manuel Bartlett Díaz, y me dijo:

–Ahora sí, ya chingué. Llegué al puesto más alto al que aspiraba. Es el mayor trofeo posible.

–¿Y la presidencia, Don Fernando?

–Es un escalón demasiado alto para mi edad.

Tenía entonces 61 años y la sucesión presidencial, en 2000, le parecía un lapso demasiado largo y, de hecho, no llegó a la misma: murió en octubre de 2000, un mes antes de la primera alternancia en el Ejecutivo federal. Ahora ya se produjo la segunda y no le vendría mal al presidente López Obrador repasar estas anécdotas para tomar un poco de cada una de ellas, sobre todo la de la soledad terrible del poder que le acompañará hasta el final de sus días.

Cuanto ocurra a partir de hoy, cerca del inicio de su tercer año de administración, será para tomarle la medida a un presidente de la República que ya se ha traicionado a sí mismo. No compartirán con él este deber primigenio ni Alfonso Romo, ni Bartlett, ni los zedillistas incrustados por aquí y por allá, ni Marcelo Ebrard Casaubón. La historia la está escribiendo él y sobre él hablará, acaso con enorme severidad. Desde este momento sabremos, porque nos hemos pasado el año de la pandemia entre especulaciones y fracasos, si alcanzarán cuatro años para construir un régimen democrático o no, dependiendo si hay autonomía entre los poderes de la Unión, el Legislativo y el Judicial, y soberanía en las entidades federativas. Sinceramente, lo dudamos o sencillamente ya perdimos ese rumbo.

Y también estaremos a prueba los informadores y periodistas con los pies sobre los polvorines ya encendidos.

La Anécdota

Los terribles incidentes en la frontera norte en los meses finales de 2019 despertaron, como nunca, la xenofobia entre los mexicanos porque no pocos piensan que las caravanas de migrantes, posiblemente financiadas por oscuros intereses de Washington y Tegucigalpa, fueron instruidas y alentadas para desequilibrar al nuevo gobierno de México para obligarlo a hincar las rodillas ante el ahora saliente Trump por consejo de Alfonso Romo en quien cree demasiado el primer mandatario de México. Primero los ricos veletas.

El desafío doloroso es que ya ha rebasado la frontera con USA, y hacia el sur, el deleznable criterio del “anaranjado” que se resiste a salir de la Casa Blanca cuando ya fue expulsado de ella a punta de votos, mismo con el que denuesta a los mexicanos, en el sentido de observar como inferiores a quienes no son como nosotros aun siendo latinoamericanos, incluso en el caso de que fueran mercenarios al servicio de los peores.

México no era así como la mula del cuento: no era arisca hasta que la hicieron a palos.


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