Cruz de barrio, gloria eterna
Por Guillermo Robles Ramírez
Cuando el sol del próximo domingo ilumine el horizonte, llegará el Domingo de Resurrección, ese canto de luz al que muchos en el norte llamamos, con el corazón en la boca, Domingo de Gloria. Sepan, todos ustedes que ese día es el más sagrado y luminoso para la Iglesia entera: el que cierra con gloria la Semana Santa y hace estallar en el cielo la victoria eterna del Hijo de Dios, que, tras el abrazo helado de la cruz, resucitó triunfante, vivo para siempre.
Un acto de amor puro hacia los hombres, las mujeres, las niñas y los niños de este planeta. Jesucristo se sacrificó por amor a la humanidad. Perdón de pecados. Vida eterna. La mayor demostración de fe y amor a Dios ante cualquier dificultad, ante cualquier situación difícil que uno pueda imaginar.
La neta es que cuesta trabajo creerlo, pero la Pascua, en su sentido más profundo, no tiene que ver con el conejito que esconde huevos en los matorrales, en las flores o por todos los jardines de las casas. Esa imagen tan alegre, con huevos adornados de colores vivos, rellenos de confeti, chocolates o dulces… y hasta uno que otro con harina para la broma pesada que hace reír a los chiquillos. Todo eso es bonito, sí. Pero es una distorsión. Una costumbre yanqui que se nos pegó. Muy ajena al verdadero significado que la Iglesia le da a la Pascua.
Porque en el Nuevo Testamento, en las Escrituras apostólicas, no existe una festividad como tal. Sin embargo, su significado a nivel mundial, en la concepción religiosa, es la continuidad de la celebración de la resurrección de Jesucristo. Eso es lo que cuenta. La continuidad de ese amor que vence a la muerte. ¿Y sabe qué? Durante el fin de semana pasado, el 28 y 29 de marzo, en diferentes noticieros locales y nacionales transmitieron los preparativos previos para el Vía Crucis.
Esa representación de Jesús cargando la cruz hasta el monte Calvario, su sufrimiento, todo el camino. Se vio en la tele, se sintió en el aire. Esta práctica la hacen los creyentes, los devotos de la religión católica y cristiana, para refrendar su compromiso de fe. Para recordar lo que representa la Semana Santa. Un acto popular, organizado principalmente por la comunidad local de cada municipio de México.
En Saltillo no iba a ser la excepción. Los feligreses están preocupados, como siempre, porque el lugar emblemático para hacer el Vía Crucis es el barrio del Ojo de Agua. Este 2026 celebran la edición número 50. La parroquia del Santísimo Cristo del Ojo de Agua cumple medio siglo de representaciones ininterrumpidas. Y esperan la asistencia de más de 15 mil personas este Viernes Santo, 3 de abril. Piense nomás. Más de 15 mil almas caminando juntas, recordando. La verdad, yo he visto cómo ha crecido esto con los años.
Cada año los jóvenes saben menos sobre estas celebraciones. Saben menos de las tradiciones. Se nota una falta de conocimiento de las costumbres que nuestras generaciones atrás hacían o comían en aquel entonces. La verdad duele un poco. Pero mantener viva la costumbre de año con año, la representación del Vía Crucis en Saltillo hace posible que esas nuevas generaciones aprendan algo nuevo. Que se mantenga viva una luz de esperanza y fe.
Yo recuerdo, hace más de treinta años, cuando cubría estas fechas como reportero joven desde Torreón y luego desde Saltillo. Llegaba al Ojo de Agua con mi libreta en la mano, sudando bajo el sol de abril. La gente llenaba las calles, los abuelos explicaban a los nietos cada estación del camino. Había lágrimas, sí. Pero también una fuerza que no se explica con palabras.
Ahora, con todo el ruido del mundo, con las redes y las distracciones, esa fuerza sigue ahí. Más necesaria que nunca. Tanto la Iglesia católica como las familias mexicanas tenemos la tarea de retomar las costumbres religiosas. Para que no se pierdan estos valores esenciales para el ser humano. Para coexistir. Como parte de un equilibrio de la humanidad. O simplemente en la necesidad de la creencia en un Ser Supremo. Sin tomar la bandera de cualquier religión en particular, pero sí necesario como parte de la historia, como existencia del mismo hombre.
Aunque las carnicerías renieguen por tener que cerrar sus negocios el miércoles de ceniza, el jueves, el viernes y aquellos días marcados por la Iglesia como de abstinencia… no hay que dejar que eso afecte. Ni otras variables. Las costumbres de celebrar la liturgia de la Iglesia siguen siendo más fuertes. Más profundas.
La Pascua no es solo un domingo. Es un recordatorio. Un acto de amor que no se vende en el supermercado ni se paga a plazos. Mientras el mundo se llena de conejos de peluche y huevos de chocolate, aquí en el norte seguimos caminando con la cruz a cuestas. Literal y figurado. Porque la resurrección verdadera no necesita adornos importados. Necesita corazón. Necesita memoria.
Necesita que las nuevas generaciones vean que la fe no es cosa del pasado. Es cosa de todos los días. Y en Saltillo, este Viernes Santo, cuando más de 15 mil personas se reúnan en el Ojo de Agua, se va a sentir eso. Se va a ver. La cruz pesada, los cantos, el silencio en algunas estaciones. La esperanza que resucita.
Porque al final, amigo lector, la gloria no viene con conejitos. Viene con amor. Con sacrificio. Con esa luz que, año tras año, no se apaga, aunque el mundo cambie.
La verdad, yo he visto de todo en estas fechas. Crisis, modas, olvidos… pero la fe del norte, esa que se vive en barrios como el Ojo de Agua, sigue resistiendo. Y eso, fíjese usted, es lo que de verdad resucita cada primavera. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org
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