El vuelo del zancudo

Por Manuel Pérez Toledano

El enorme zancudo se desprendió de la epidemia de la tierra. Los rehiletes de sus patas giraron vertiginosamente, quebrando el aire en mil pedazos. Sus alas –largas y filosas como plegadera- abrían las azules páginas del espacio.

Allá abajo quedaban los cerros  semejantes a niños boca arriba; y los arboles empezaron a formar un verdoso césped. Ahora nada más faltaba le faltaba elevarse sobre aquellos gigantes de las montañas, que perforaban las nubes con sus narices enhiestas.

Y zumbando sordamente, esforzaba por conquistar el firmamento. ¡Ya verían los gigantes cómo él se reiría de su altura!. Juzgabase el más importante de los insectos. Y con sobrada razón, como en su barriga sentía bullir un tumulto de voces humanas , que comentaban animosamente:

– ¿Esté es su primer vuelo?

– No, es el segundo.

– ¡Que niño tan simpático! Y no se marea, ¿verdad?…

– Hace apenas un mes, lloraba todavía.

– La ciudad no tiene nada de interesante, además es sucia y miserable.

– Yo sólo vine a que me firmara los contratos.

– ¿Quién será esa dama del niño rubio?

– Es la esposa del gerente del Banco Central.

– Mi marido acaba de comprar todo el fraccionamiento “Chapultepec Reforma”.

– Siento náuseas.

– Toma esta pastilla.

– ¡Ja!  ¡ja!

– Qué chistoso.

– Me lo conto ayer el ministro, ¡es estupendo!…

– Si lo logro conseguir el empréstito, estamos salvados.

– Yo voy por mi esposa, está en Rochester.

– Lo más caro.

– Mire usted aquello.

– Nubes negras.

– ¡Caramba!, ojalá no haya tormenta.

– ¡Bah!, este aparato es de lo mejor.

– ¿Nos estamos elevando más?

– ¡Señores, favor de ceñirse los cinturones:

– Tengo miedo, mamá.

– En mi ultimo viaje tuvimos que hacer un aterrizaje forzoso.

– ¡Y tan bonita que estaba la tarde!

– Es que volamos por una región montañosa.

– Toma otra pastilla.

– ¿Verdad que no te espantas, hijito? !tan mono!

– Ha principiado la lluvia.

– Vaya, hasta que encendieron la luz; estamos casi a oscuras.

– Dios mío, ¡haz que llegue con bien!

– ¿Qué te pasa, mami?

– ¡Ay siento náuseas, siento náuseas!

– ¿Tienen paracaídas en estos aviones!

– Seguramente.

– Aunque…

– ¡Ho!

-¡Ah!

– ¡Calma, señores, calma!

– ¡Dios mío!

– Padre nuestro…

El enorme zancudo, barrenando la lluvia, subía con esfuerzo. A veces, un látigo de fuego desgarraba la delgada capa de aire , hasta arrancarle el alarido ronco y ensordecedor del trueno.

De pronto, no muy lejos, divisó la canosa cabeza nevada de uno de los gigantes. Viró rápido la dirección, mas surgió otra cabeza de anciano gigante cerrándole el paso. Había caído en sus dominios, por ello eran esas risas que salían de sus cráteres, hermosos e hirvientes de recónditas furias.

Intento ascender por encima de aquellas cabezas de nieve. Burlarse anhelaba de las canas seculares. Y zumbaba y zumbaba con angustia increíble. El aire-pensaba-, traidor me impulsó hasta aquí. Y yo que confiaba en el poder de mis alas… Soy un juguete, siempre seré un juguete…

Una blanca cabeza comenzó a agrandarse, imponente y siniestra, hasta simular una sabana lúgubre que amenazaba cubrirlo cual sudario de muerte.

Sentía en su barriga el nervioso desasosiego de los seres humanos, que se retorcían como débiles orugas, prisioneros en los asientos mullidos. ¡Cómo gritaban los pobres!… Los elegantes señores cargados de anillos, las damas arrebujadas en finísimas pieles, junto con el niño rubio y la señorita propensa a las nauseas. Todos, todos vivían el mismo minuto, hermanados por idénticas pavura…

Y el enorme zancudo, sofocado y rendido de luchar contra fuerzas inexorables, se entrego sumiso , inconsciente al canoso gigante.

Colaboración de Latitud Megalópolis

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