SaltiYork y los colores que volvieron a mezclarse

Por Guillermo Robles Ramírez
Pues estos días que camino por el centro de Saltillo o me siento un rato bajo los árboles el remodelado centro histórico, Distrito Centro, me fijo en los taxis que pasan en el primer cuadro de la ciudad y ya no veo esa uniformidad que se buscó hace años.

Hay amarillos todavía, pero también blancos con rayas rosas o amarillas, unos que parecen forrados con diseños enteros, otros con toques que antes no se veían. Y uno se queda pensando en aquella iniciativa que quiso darle a la ciudad un sello propio, como los taxis amarillos de Nueva York, y en cómo con el tiempo la cosa se fue relajando.

La verdad yo recuerdo bien cuando Jericó Abramo Masso, siendo alcalde, decidió que los taxis de servicio público en Saltillo se pintaran todos de amarillo. Fue una de las primeras veces que una autoridad local ponía reglas claras para unificar el color de las unidades.

El argumento era sencillo y fuerte: ayudar a combatir la inseguridad, reducir la piratería de taxis ilegales y poner un poco de orden y disciplina en un ramo que siempre ha sido complicado. Con un solo color, la gente podía identificar más fácil qué unidades eran las autorizadas. Los piratas se notaban más. Y la ciudad ganaba en imagen, en esa sensación de que algo estaba más controlado.

Pocas personas no saben que las concesiones, las licencias o franquicias de taxis no son propiedad de los sindicatos ni de los dueños de las unidades. Son del ayuntamiento. Es la autoridad municipal la que las otorga y la que puede poner condiciones. Siempre ha sido así, aunque algunos se hagan los desentendidos.

En el pasado los taxistas, sobre todo los de las organizaciones más grandes, se sentían como un monstruo o un pulpo que podía influir en todo. Se jactaban de ser indispensables para el acarreo en campañas, de aportar votos al partido tricolor, de que sin ellos no se movía nada. Pero con el crecimiento de la ciudad, con más gente, más colonias, más opciones, esa fuerza relativa se fue diluyendo. Ya no era lo mismo.

Y cuando se anunció lo del amarillo, unos cuantos sindicatos pusieron el grito en el cielo. Decían que era capricho, que querían más: no solo la pintura y el rotulo, sino también un protector encima y polish. Olvidaban que, en otras ciudades del país, cuando te dan la concesión, te exigen pintar del color que la autoridad ya eligió, y si no cumples, te congelan el permiso hasta que lo hagas. Aquí en Saltillo el municipio se ofreció a pagar la pintura y el rotulo para no afectar la economía de los dueños. Aun así, hubo resistencia. Caprichitos de uno o dos grupos que se creían con derecho a decidir cómo se veía el servicio público.

La uniformidad duró un buen rato. Durante varios años los taxis amarillos le dieron a Saltillo ese toque que algunos llamaban SaltiYork, por lo parecido a los taxis icónicos de Nueva York. La gente lo notaba. Los usuarios podían distinguir más fácil una unidad legal. Ayudaba un poco a la seguridad: sabías que ese taxi con placa y color correspondía a alguien regulado. La piratería no desapareció del todo, pero se complicó un poco más para los que operaban al margen. Era un paso en la dirección correcta, aunque costara trabajo implementarlo.

Pero con el paso de los años la cosa cambió. Uno ve hoy que no todos andan amarillos. Hay variedad: blancos con líneas, algunos con vinilos o diseños completos que les llaman carpeteados, toques personales que antes no se permitían tan fácil. ¿Qué pasó? Pues la verdad es que mantener la uniformidad estricta no fue sencillo. El costo de repintar cada cierto tiempo, el tiempo que las unidades pasan fuera de circulación, la competencia que llegó con las aplicaciones de transporte como Uber y DiDi, que operan con vehículos de todo tipo y sin las mismas reglas de color. Los propios taxistas, muchos de ellos con familias que mantener, buscaron formas de generar ingresos extra: poner publicidad, diseños que llamen la atención. Y las administraciones siguientes, con otros alcaldes y otras prioridades, ya no empujaron con la misma fuerza el cumplimiento estricto. La resistencia de los sindicatos tampoco ayudó. Al final, la uniformidad se fue diluyendo sin que nadie la declarara muerta de un plumazo.

Tan solo en Torreón o en Monclova uno ve reglas distintas para los taxis, a veces más flexibles, a veces con sus propios colores o identificaciones. Aquí en Saltillo el experimento del amarillo fue valiente porque buscaba dar identidad y control.

Pero la realidad de la calle, la economía de los operadores y la llegada de nuevas formas de moverse terminaron marcando el ritmo. Hoy el SaltiYork sigue vivo en la memoria de muchos, como un intento de hacer que la ciudad se pareciera un poco más a esas grandes urbes donde el transporte público tiene cara reconocible. En Nueva York, por cierto, los taxis amarillos ya no son lo único que ves; hay de todo, Uber, otros servicios, y la gente elige según lo que le convenga. Acá pasó algo parecido, aunque a nuestra escala.

La verdad yo he platicado con taxistas de distintas épocas. Algunos decían que el amarillo les daba prestigio, que la ciudad se veía mejor. Otros se quejaban del gasto y de que les quitaba libertad para personalizar su unidad. Y los usuarios…  la mayoría quería algo simple: que el taxi fuera seguro, que supiera uno a quién llamar o a quién reportar si algo salía mal, que no hubiera tanta confusión entre lo legal y lo que no lo es. El color uniforme ayudaba en eso. Cuando se relajó, ganaron flexibilidad para algunos, pero se perdió un poco esa facilidad para identificar rápido el servicio regulado.

No todo fue capricho de los sindicatos, hay que decirlo. Mantener un solo color exige voluntad política constante, recursos para fiscalizar y, sobre todo, entender que los concesionarios también tienen que comer. Pero tampoco se vale que se actúe como si la concesión fuera propiedad privada y la autoridad no pudiera poner reglas básicas por el bien común. La seguridad de la gente que sube a un taxi, la imagen de la ciudad, el combate a la piratería… eso no es capricho de un alcalde. Es responsabilidad.

Con el tiempo y con las aplicaciones que hoy dominan mucho del movimiento urbano, el panorama se complicó más. Uber y DiDi trajeron opciones que antes no existían, con rastreo, calificaciones, pagos electrónicos. Eso obligó a los taxis tradicionales a adaptarse. Algunos lo hicieron bien, otros se resistieron. El resultado es lo que vemos ahora: una mezcla de colores y estilos que refleja más la realidad económica y competitiva que una norma uniforme.

En conclusión, solo queda con la pregunta de siempre. ¿Qué es más importante: que el servicio público tenga reglas claras y visibles que beneficien a todos, o que cada quien haga lo que le convenga según sus intereses del momento?

La uniformidad del amarillo no fue perfecta, pero fue un intento honesto de poner orden donde antes había bastante descontrol. Que se haya ido diluyendo con los años no significa que la idea fuera mala. Significa que sostener cambios reales en el transporte urbano cuesta más que solo pintar los carros. Cuesta voluntad, coordinación y entender que al final quien sube al taxi no es el sindicato ni el concesionario: es el ciudadano que quiere llegar seguro a su casa o a su trabajo.

Y mientras tanto, en las calles de Saltillo siguen pasando taxis de muchos colores. Algunos amarillos que recuerdan aquel SaltiYork. Otros con sus propios diseños. La vida sigue, el transporte evoluciona, pero la necesidad de reglas claras y de autoridades que las hagan valer… esa no se pinta ni se borra tan fácil. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

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