La silla eléctrica: Armenta y el gabinete intocable

Del conflicto por el agua al Cablebús y los nombramientos cuestionados

Gobernar también es poner orden en casa

Es peligroso tener razón cuando el gobierno está equivocado…Voltaire

Por Antonio Ladrón de Guevara 

Todo gobernante enfrenta errores de sus colaboradores; lo que define un liderazgo es la forma de corregirlos. En Puebla, Alejandro Armenta parece haber elegido el camino de la indulgencia. Las polémicas se acumulan, pero los ajustes en su gabinete brillan por su ausencia.

El caso del programa Agua para el Bienestar abrió un frente delicado. Las denuncias por la operación de pipas en un predio cercano a la Gran Pirámide de Cholula, la intervención del INAH y la inconformidad de vecinos colocan al gobierno frente a una pregunta incómoda: ¿vale más la prisa política que el respeto al patrimonio?

Con el Cablebús ocurre algo similar. Primero una ruta, luego otra; estudios que cambian sobre la marcha y un proyecto multimillonario del que aún persisten dudas técnicas. La obra promete movilidad, pero hasta ahora ha transportado más incertidumbre que certezas.

Cuando la lealtad sustituye a la rendición de cuentas

Los cuestionamientos sobre algunos nombramientos y el comportamiento de integrantes del gabinete alimentan una percepción que ningún gobierno debería normalizar: la vara parece ser distinta para los ciudadanos que para los funcionarios.

Armenta llegó con la promesa de un gobierno cercano y eficiente. Sin embargo, proteger políticamente a colaboradores envueltos en controversias puede terminar erosionando la credibilidad del proyecto completo. 

Gobernar no consiste en cerrar filas incondicionalmente, sino en demostrar que nadie está por encima de la responsabilidad pública. Porque cuando un mandatario calla demasiado frente a los tropiezos de su equipo, el mensaje deja de ser disciplina y comienza a parecer complicidad.

La logia del eterno desencuentro

En el Congreso de Puebla abundan los llamados a la grandeza, pero escasean los actos que la respalden. Desde la tribuna se invoca el «debate de altura», como si bastara pronunciar el conjuro para que aparezcan las ideas. La piedra filosofal del buen legislador sigue oculta entre pasillos donde la política se parece más a una logia de aprendices que a un taller de maestros.

El caso de Leopoldo de Lara es la mejor muestra. Entre posibles destituciones, procedimientos administrativos, amenazas de denuncias penales y exigencias de renuncia, el espectáculo consume más tiempo que la tarea de legislar. Cada grupo defiende su verdad como si vigilaran un antiguo grimorio, mientras los ciudadanos esperan leyes, acuerdos y soluciones.

El problema no es que existan diferencias; eso fortalece a una democracia. Lo preocupante es que el Congreso parece haber convertido el conflicto en su principal producto legislativo. 

En lugar de construir consensos, muchos diputados prefieren protagonizar capítulos de una novela política donde el ruido siempre derrota a los resultados.

Al final, Puebla no necesita hechiceros del discurso. Necesita legisladores que recuerden que el verdadero poder no está en el ritual político, sino en servir a los ciudadanos.

@Antonio Ladrón de Guevara 

Deja un comentario