¿CUANTO CUESTA MORIR?

 

  • Nadie está preparado para bien morir
  • Los deudos, pasto de buitres funerarios y MPs
  • Ministerio Público y “muerteros” coludidos para atrapar clientes
  • Curas “piratas” y músicos psicólogos
  • Entierro gratis pero tortuoso: la fosa común
  • Poesía y fidelidad en la muerte
  • Crece el cuto a “La Santa Muerte” o a “La Niña Blanca”

 

 

Trasponer el umbral entre la vida y la muerte, es el todo y la nada. Empero, esa línea intangible, tan lejana y mediata, tan real y tan etérea, regularmente no se tiene prevista. Se cree que a uno no le va a pasar o que tardará mucho tiempo en que ocurra; desafortunadamente, cuando nos toca ese turno no estamos preparados ni para un “buen morir”, ni para ser sepultado dignamente.

A ese cambio tan radical y profundo, que causa repercusiones morales y sentimentales, hay que añadir el factor económico, que si bien en esos momentos nadie toma en consideración, es de vital importancia ya que afecta a los deudos.

De ahí que surja la interrogante… ¿Cuánto cuesta morirse? O, mejor dicho ¿Cuánto le cuesta a la familia del difunto?

Para cumplir con esa cita inaplazable, hay muchos caminos. Algunos llegarán en limosina de súper lujo, otros en la modesta carroza de la funeraria de la esquina y otros más, en la temida y nunca deseada “Muertera”, esto es la camioneta fúnebre del Servicio Médico Forense, cuya patrona y diosa: “Coatlícue”, se yergue majestuosa a la entrada del anfiteatro Ciudad de México.

Si se trata del deceso de algún personaje del “Jet Set”, el costo del sepelio, dependiendo del féretro, podría elevarse considerablemente, pues mientras que en las funerarias de alcurnia, el entierro más económico es de 34 mil pesos, si la caja es metálica o hasta 360 mil, si el ataúd es de caoba, en una funeraria sencilla, es desde seis mil 300 hasta los 14 mil pesos, si la caja es de pino.

Aunque cabe aclarar que los costos siempre aumentan por diferentes causas: sobre todo por la agilización de los trámites, la mortaja del difunto, al que hay siempre hay que “arreglar”, pese a que su muerte haya sido tranquila y en su casa, un pulman extra; candelabros, arreglos florales, cualquier pretexto es válido para elevar el precio original.

Ahora bien, esos costos son para aquellos que tuvieron la buena fortuna de fallecer en casa, asistidos por el médico de familia y con la seguridad de obtener el consabido certificado de defunción o bien en un hospital, cuyo personal médico también de fe de las causas de la muerte.

Pero… si por favor se le ocurrió salirse a la calle para morir en forma violenta, ya sea por asalto, atropellado, etcétera, entonces la situación cambia diametralmente. Su cuerpo, en calidad de desconocido, será llevado inicialmente al anfiteatro de la delegación que le corresponda donde permanecerá 24 horas, en espera de ser reconocido.

De inmediato, el Ministerio Público se comunicará con su “muertero” favorito, esto es el que mayor comisión le dé y le informará que ya tienen un “cliente”. El funcionario y el funerario, estarán pendientes cuando sea identificado el difunto, para enseguida ofrecerle los servicios. Si los deudos aceptan sin chistar, los trámites serán rápidos y, mediante una buena cantidad, hasta con suerte pueden evitar la autopsia.

No obstante, si los familiares no aceptan, las cosas se complican y los precios comienzan a elevarse. La averiguación previa queda continuada, no hay médico legista, faltan testigos, los documentos de identificación son insuficientes, etcétera, etc., de tal suerte que hasta que los deudos estén “convencidos” de las bondades del “muertero” y de su compinche, el MP en turno, entonces todo se arreglará.

Sin embargo, los gastos apenas empiezan. En el velatorio, los estarán aguardando, como aves de presa, curas “piratas”, eso sí, con sotana, rosario, misal y demás aperos sacerdotales, para ofrecer sus servicios por el eterno descanso del difunto. En la misma funeraria, habrá imágenes religiosas y, en algunas, hasta réplicas de “El Santísimo”, reliquia que representa lo más sagrado dentro de la religión católica.

En el velorio, si es un muerto que se respete, deberá haber café, con “piquete” de preferencia y unos panecillos. En principio, la afluencia será copiosa y todos tendrán cara triste y larga, de acuerdo a las circunstancias, pero conforme haga su efecto el “cafecito”, comenzarán las anécdotas, luego los chismes obligados y después los chistes que irán subiendo de color hasta que aquello se convierta en un jolgorio.

En el panteón estarán esperando a los deudos, además de los enterradores, unos verdaderos psicólogos, venidos a músicos. Estos, informados previamente, sabrán quien es el difunto. Si es un bebé, un niño o una niña, los norteños o mariachis, sin que nadie los llame, llegarán en los momentos cumbres del sepelio, entonando la canción “Osito de Felpa”.

Si fue la mamá o la abuela: “Amor Eterno” y si acaso el jefe de familia denota aficiones etílicas, entonces “Por el amor a mi madre”: si se trata de algún hermano, quizá “Te vas Ángel Mío” o si fue un amigo, la canción obligada es “Cuando un amigo se va”; el caso es dar justo en el punto sentimental para que los deudos, ya entrados en gastos, se suelten pidiendo las canciones que le gustaban al muertito y habrá el riesgo de que la tumba termine en improvisada cantina.

Concluido el entierro, en cuya fosa no cabrán las flores y coronas, quizá producto del remordimiento, se pasará a los preparativos para los gastos que siguen, como la novena y sus rosarios y, desde luego, la “levantada de Cruz”, no hacerlo podría complicar la llegada del difunto ante la presencia divina.

Empero, si el occiso dispuso que se le cremara, los gastos se reducen considerablemente, hasta en un 50 por ciento, pues si se llega a un acuerdo con la funeraria, hasta es posible conseguir la caja alquilada, aunque lo prohíba la Ley de Sanidad.

Pero si de todos modos le parece que es muy caro, siempre habrá un camino, quizá un tanto cuanto tortuoso, en el que el entierro saldrá totalmente gratis: ¡la fosa común!

Habrá que morirse en la calle y no ser identificado. Así, se podrá llegar al Servicio Médico Forense, donde esperará 15 días para que pueda ser reconocido, de no ser así entonces se le destinará a la fosa común, pero si el cuerpo quedó “aprovechable”, esto es que sirva como material de estudio, entonces comenzará el peregrinar del difunto de cuando menos seis meses, en alguna facultad de medicina, durante los cuales será sujeto a estudios y disecciones que terminarán por convertirlo en un despojo.

Una vez que ya no sea útil, será regresado al SEMEFO y de inmediato pasará a formar parte de “la carga”, término peyorativo que se le da a un promedio de 20 muertos, entre los cuales figuran recién nacidos, cuyas madres abandonaron en basureros, fetos y demás restos de quienes no fueron identificados.

No habrá carroza para cada uno de ellos, viajarán en una sola camioneta conocida como “La Muertera”: una ambulancia del SEMEFO destinada únicamente para esa clase de transporte. Ninguno llevará ropas, todos irán desnudos y, como si se tratara de pollos, hechos nudo, serán retacados en el vehículo.

Completada “la carga”, enfilarán hacia alguno de los panteones con dicho servicio, por lo regular el de Dolores. Al llegar, la camioneta se estacionará por la parte trasera junto a una especie de alberca de tres por tres metros.

Sin mayores preámbulos, sin rezos, flores ni nada, los trabajadores, con mascarillas, que al bajar seguramente apartarán algunos huesos, cuero cabelludo u otros restos de entierros anteriores, con bielgos o rastrillos de jardinería, como si se tratara de rastrojo, jalarán los cuerpos hasta hacerlos caer a un costado de la fosa.

No habrá delicadeza ni contemplaciones y una vez que fueron repartidos en la superficie de la tumba colectiva, se les cubrirá primero con una capa de cal, después con otra de productos químicos, para acelerar el proceso de descomposición y finalmente otra de tierra. Pasados los 15 días, los químicos ya cumplieron su cometido y la fosa estará lista para recibir otra “carga”.

 

Pero si bien este es el lugar de los olvidados, hay otros, como el panteón de San Fernando Rey, uno de los más antiguos del país, localizado en Guerrero e Hidalgo, que poseen un gran acervo histórico y donde descansan los restos de próceres de la Revolución y de muchos personajes célebres.

Ahí está la tumba de Benito Pablo Juárez García, “El Benemérito de las Américas” y a menos de 50 metros, están los restos de quienes fueran sus más odiados enemigos: los generales Miguel Miramón Tarelo y Tomás Mejía Martina de Amoles, fusilados por órdenes suyas en el Cerro de Las Campanas, junto con el emperador Maximiliano de Habsburgo.

También se encuentran las tumbas del general Ignacio Zaragoza, de Ignacio Comonfort de los Ríos y de uno de los principales pilares del periodismo: don Francisco Zarco Mateos, cuya lema siempre será vigente:

 

“La prensa no sólo es el arma más poderosa contra la tiranía y el despotismo, sino el instrumento más eficaz y activo del progreso y la civilización”.

Pero si bien hay tristeza y dolor en el postrer adiós, también hay poesía en bellos epitafios que guardan increíbles historias, como aquél de:

 

“Llegaba ya al altar,

Feliz esposa

Ahí la hirió la muerte

Aquí reposa”

Cuenta la historia de 1845, que se trató del matrimonio entre Dolores Escalante y su prometido, José Lafragua. Al concluir la misa de la boda, cuando salían de la iglesia, la joven sufrió un ataque del Cólera Morbus y horas después, sin que se consumara físicamente la unión, murió.

Dolores fue sepultada, pero su consorte se mantuvo célibe durante 25 años, hasta que también falleció y fue sepultado junto con ella. Había sido su última voluntad.

Otro más que revela el dolor que puede causar la pérdida de un hijo, dice:

 

“Hablad bajo, que mi niño duerme”.

O el de quien pierde a su pareja y a su hijo al mismo tiempo:

 

“Se vieron un momento aquí en el suelo

Y sus restos unió la misma fosa

Dios una así, sus almas en el cielo

Última esperanza y el consuelo

A quien pierde a la par, hijo y esposa”.

En una jugarreta irónica del destino, los restos del poeta xochimilquense Fernando Celada, yacen olvidados en el panteón de San Andrés Mixquic, en Tláhuac. Su tumba está llena de hierbas. Es difícil encontrarla.

Este bardo, fue quien en uno de sus versos del poema “La Caída de las Hojas”, escribió: “…

 

Y es que el ingrato corazón olvida…cuando está en los deleites de la vida…que los sepulcros necesitan flores”.

Aun así, con todo lo trágico que pueda considerarse la llegada de La Muerte, el ingenio, la jocosidad y la cobardía, -disfrazada de valor- del mexicano, siempre estará presente, lo mismo en el tradicional “Cleto el Fufuy, sus ojitos cerró”, que en aquella que dice: “Viene la Muerte cantando por entre las nopaleras, en qué quedamos, pelona, me llevas o no me llevas”.

A ello habría que añadir el enorme culto que, a últimas fechas, ha crecido de manera impresionante hacia “La Santa Muerte” o “La Niña Blanca”, llegando a grado tal que ya se le venera en algunas iglesias católicas, pese a la oposición de la alta jerarquía eclesiástica.

Sus miles de devotos, le atribuyen toda clase de milagros, aunque advierten que si se quiere ser su adorador, debe tenerse mucho cuidado pues es sumamente celosa, no le gusta compartir su altar y que cuando alguien no le cumple, acostumbra cobrarse con lo que más le duela al incumplido.

Empero, de una u otra manera, todos tenemos una cita inaplazable con La Parca, misma que seguramente nos gustaría eludir, pero sabemos que es imposible, aunque creo que ninguno tiene prisa por cumplirla, salga caro, barato o regalado el sepelio.

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